Por: Jorge Guardia 6 diciembre, 2016

En Costa Rica circulan dos monedas paralelamente: el colón (de curso legal) y el dólar (de uso usual). Cada vez más personas, empresas y entes aceptan dolaritos en pago de obligaciones y los bancos otorgan el 50% de sus créditos en moneda extranjera. ¿Es bueno o malo? ¿Riesgoso o seguro? ¿Habrá que restringir más esa práctica tan difundida?

Hay tres fuerzas en pugna: los deudores sienten alivio en su bolsa al pagar menores tasas de interés en dólares (¿son las tasas muy baratas en dólares o muy caras en colones?); los bancos alegan que su función es satisfacer la demanda según las preferencias de sus usuarios; y los reguladores (Sugef, Banco Central ) sienten que hay harto riesgo, sobre todo en los no generadores de divisas. Su deber es proteger –dicen– a deudores, acreedores y al sistema financiero.

¿Cobra valor el popular dicho: no me defiendas, compadre? Cuando don Eduardo Lizano y yo liberalizamos el crédito en nuestro paso por el Banco Central, actuamos bajo la premisa de que los topes selectivos de cartera y otras trabas ataban a los bancos en su importante función de asignar con eficiencia los recursos. Les abrimos espacios para asumir más libertades y deberes, en una visión criolla de la disciplina del mercado. Después, me tocó liberar la cuenta de capital y don Eduardo me apoyó. En bandos distintos, nos dimos la mano en ese objetivo común.

Algunos buscan ahora restringir la libre movilidad de capitales aduciendo que es culpable de la dolarización. Sería un error. Lo ideal, más bien, es reducir las tasas de interés en colones (derogar las cargas sobre la intermediación y “nivelar la cancha” para que bancos públicos y privados compitan de tú a tú) y sanar el déficit fiscal para que las tasas en colones compitan con sus homólogas en dólares. Pero, aun así, el riesgo cambiario persistiría. Si el deudor gana en colones y sobreviene una depreciación, su balance fallaría. Y si se generaliza, como ahora (80% del crédito en dólares vive entre no generadores), hay un riesgo sistémico potencial.

Mi visión es que la Sugef debe terminar de cerrar portillos para reducir el riesgo cambiario de los no generadores (el que gana en dólares, que aguante su vela), y que el Banco Central concluya su proceso de liberalización para que bancos y empresas internalicen los riesgos y merme la dolarización. Está demostrado que hoy, como ayer, la disciplina del mercado funciona: en el 2016, la mayor movilidad cambiaria trajo consigo menor expansión del crédito en dólares. Al saberlo, a don Eduardo y a mí nos brotó una sonrisilla de satisfacción.