Por: Jorge Guardia 1 mayo

Si la propuesta de reforma tributaria del gobierno de Estados Unidos no tuviera ningún chance de pasar, no me molestaría en analizarla. Pero no es así. Las probabilidades son altas. Conviene empezar a ver sus efectos allá y en el mundo.

Aunque faltan muchos detalles, sobresale lo siguiente: reduce la tasa a las empresas del 35% al 15%; suaviza la progresividad (escala) al ingreso de las personas físicas a solo tres: 10%, 25% y 35% (actualmente, la tarifa llega casi al 40%); abandona la renta mundial para abrazar el principio de renta territorial (como en Costa Rica); elimina casi todas las deducciones de la renta bruta, incluidos intereses, excepto gastos por hipotecas para comprar casa y contribuciones caritativas; y también elimina el impuesto a las sucesiones, hoy en un 40%.

El principal efecto sería incrementar el ingreso disponible de las personas físicas y jurídicas para aumentar los gastos en consumo e inversión. Subiría la demanda agregada, estimularía el crecimiento, el empleo y los salarios (por estar la fuerza laboral cercana al pleno empleo), pero subiría el déficit fiscal y, quizás, las tasas de interés, aspectos aún no cuantificados. Mejoraría la estructura tributaria al reducir exenciones, deducciones y exclusiones, se ampliaría la base impositiva, reduciría distorsiones contrarias a la mejor asignación de recursos y mejoraría la productividad.

La principal crítica es que no sería neutral frente al déficit fiscal, pues la baja de impuestos no necesariamente se compensaría con mayores ingresos generados por el crecimiento económico ( supply side economics ), como sucedió en el gobierno de Reagan. El contraargumento es que, si bien Reagan ganó la presidencia, los demócratas retuvieron el Congreso y el Senado y no hubo manera de reducir el gasto; por eso subió el déficit. Ahora, la situación difiere. Habrá reducciones a las dispendiosas erogaciones demócratas y, si se reforma el Obamacare, habría un ahorro sustancial.

Yo creo que la reforma es buena, aumentaría el crecimiento y empleo en EE. UU. y –lo más importante– inducirá al resto del mundo a efectuar reformas similares para competir. En Costa Rica, la presión sería doble: habría que rebajar la tarifa corporativa del 30% al 15%, no imponer la renta mundial y bajar más sustancialmente el gasto para financiar el déficit. Mi preocupación, no obstante, estriba en el efecto en los movimientos de capital, pues podría afectar las cotizaciones cambiarias.