Por: Armando Mayorga 16 febrero

Donald Trump es un peligro, en Twitter, para la seguridad de Estados Unidos. Un riesgo porque pese a que se convirtió en presidente, tuitea como cualquiera en esa red de 319 millones de usuarios. Lo hace, principalmente, desde su viejo celular Android –reveló The New York Times el 25 de enero– y desde una cuenta privada que usa desde hace casi ocho años: @realDonaldTrump.

Allí, vocifera, insulta, amenaza e informa dónde está o con quién está. En promedio, envía de dos a seis mensajes diarios, casi todos explosivos. Usa mayúsculas para subirle el tono a sus palabras y signos de exclamación para enfatizar alegrías o enojos.

Arremete contra quien lo cuestione. Se pelea con The New York Times, CNN o ABC, con políticos, jueces, empresarios, con el mismo Arnold Schwarzenegger y, lo grave, con países como Australia, Irán o Corea del Norte.

El riesgo no medido por él es que sus berrinches podrían desatar un conflicto internacional por el emocional e inadecuado uso de la red social.

Twitter, además, es vulnerable al hackeo y no vaya a ser que un pirata logre entrar a @realDonaldTrump para lanzar mayores amenazas a otras naciones. Así, el peligro de este presidente tuitero no solo es para Estados Unidos, sino para el mundo.

Trump cuenta con 25 millones de seguidores y un sello azul que certifica que quien escribe es él. Por eso, cada palabra suya tiene repercusión en gobiernos, ejércitos y medios del planeta.

Ya está más que advertido de que está jugando con fuego. El Times le enumeró públicamente los peligros de usar el Android y el senador demócrata Ron Wyden le expresó que es “irresponsable en extremo” que un comandante en jefe use un dispositivo fácil de ser interceptado.

Tanta habladuría pública también degrada la figura presidencial y ha expuesto a Trump a la burla por sus insultos al dueño del Dallas Mavericks,  Mark Cuban –quien criticó el decreto para prohibir la entrada de ciudadanos de siete países– o por intimidar a la tienda Nordstrom que suspendió la venta de productos de Ivanka, su hija. Estos y otros chascos quizás lo lleven, pronto, a la cordura, y entender que solo un novato gobierna con y desde Twitter.