Por: Jorge Guardia 12 mayo, 2015

Dos discusiones sobre la nueva política macroeconómica se están llevando a cabo: una en el mundo, más amplia y trascendente; otra en Costa Rica, de menor calado, pero con igual entusiasmo.

La global es liderada por Olivier Blanchard, economista francés y consejero del FMI, secundado por Summers, Rajan y Rogoff; la criolla discurre en el seno de la Academia de Centroamérica, hábilmente presidida por Edna Camacho, con la participación de reconocidos economistas como Eduardo Lizano, Miguel A. Rodríguez, Luis Mesalles, Thelmo Vargas, Norberto Zúñiga, Miguel Loría y Alberto Franco, entre otros. Yo me colé como relator.

La cuestión es qué hacer con la macroeconomía. Parte del supuesto de que hay en el mundo una novel estrategia usada, de hecho, en EE. UU. y la UE, pero que no ha sido aún bendecida “oficialmente” por la teoría económica. El problema es saber qué hacer con sus nuevos instrumentos, más expansivos e intervencionistas, ahora que el mundo se enrumba (o debería enrumbarse) a la normalidad.

La crisis financiera desnudó los postulados básicos de la macroeconomía. Antes, bastaba equilibrar las finanzas y cierta prudencia monetaria para hacer rodar el tren del PIB suavemente, sin descarrilarlo, y dejar al sector financiero autorregularse por la disciplina del mercado. Ambos fallaron.

En palabras de Blanchard, el sector financiero se desbordó al asumir riesgos exagerados por el afán de lucro, sin medir las consecuencias para sus empresas. Estalló la crisis, la gente se empobreció, pulularon las quiebras, rodaron por el suelo el consumo y la inversión y asomó la sombra del desempleo.

Para enfrentarlo, rompieron el paradigma convencional. Se lanzaron, primero, sobre el gasto público para estimular la demanda agregada, pero pronto descubrieron la precariedad presupuestaria. Entonces, acosaron a la política monetaria. La Fed triplicó sus activos al financiar al Gobierno y empresas en un esfuerzo por repetir todo aquello que causó la crisis: endeudarse a más no poder.

Es irónico. La nueva laxitud monetaria fue avalada por Gobiernos y organismos en todo el mundo e, incluso, aseguran que permitió, al menos en EE. UU., superar la recesión y recuperar el empleo sin crear inflación.

En Costa Rica, el crecimiento es bajo, hay desempleo, el Gobierno respira una situación precaria y tampoco hay alta inflación. ¿Deberíamos romper el paradigma convencional? Como era de esperar, las opiniones difieren. Si es difícil hacer concordar a un puñado de abogados, más aún a diez economistas liberales. Lo veremos la próxima vez.

El autor es abogado y economista. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es, además, profesor de Economía y Derecho económico en la Universidad de Costa Rica.