Por: Jaime Daremblum 8 marzo

Putin anda estos días muy sonriente. Según algunos, el jefe del Kremlin contiene la risa cada vez que se entera de la ofuscación en el Congreso y la cúpula de la administración en Washington por chismes de posibles reuniones, saludos a la distancia o llamadas telefónicas de uno que otro espadachín de la Casa Blanca con él, es decir, Putin o su embajador en Washington.

Este teatro del absurdo ha consumido la atención de cierto sector de la capital norteamericana, poco conocedor de la realpolitik moscovita, pero que opina sin freno. Lluvia de reportajes, increpaciones a los funcionarios y toda una conmoción con base en rumores. ¿Será todo esto así de sencillo? Veamos.

No dudamos que hacer tambalear a la cúpula de la administración Trump, a ojos de las redes globales, favorece a Putin, quien ya emprendió la promoción de su candidatura para un período más, el cuarto, en el 2018. Y lo que ahora está en juego es la fe del mundo en el control de Putin sobre Rusia. De ahí que entre las medidas bajo consideración destaca un plan para efectuar referendos locales previos o parejos a los comicios nacionales del 2018. Con ello, se intenta promover la imagen de legitimidad del sistema político ruso.

A estas alturas de la campaña, en realidad, a Putin no le preocupa ni teme no ganar un cuarto ejercicio en las elecciones venideras, porque, según él y sus consejeros, no hay candidatos fuertes que se le opongan. Desde luego, hay una agrupación opositora liderada por Alekséi Navalny, pero carece de un postulante creíble.

Conforme al panorama actual, a Putin lo que realmente le preocupa es el abstencionismo en las urnas porque le denegaría la legitimidad que ansía como líder probado de Rusia. En los comicios parlamentarios del 2016, observadores independientes calcularon que solo el 31% de los votantes había concurrido, un desplome severo del tradicional 60% y aun 70%. El Partido Rusia Unida de Putin conservó la mayoría de la Duma en esos comicios, pero la atronadora deserción pública reflejó la apatía de los rusos al sistema político.

Y ahora, el Kremlin se pregunta, ¿qué o quién podrá salvarlo? Ideas no faltan en un menú compilado por algún órgano del régimen. Entre tanto, campañas intensas de propaganda utilizan la imagen del Pato Donald como el gran salvador. Pero, no lo neguemos. Ya cuando las cosas han descendido al punto de tener que aprovechar al Pato Donald como esperanza oficial, están fregados.