Por: Jorge Vargas Cullell 11 agosto, 2016

A los cinco gobiernos anteriores se les armó la podrida al promediar su administración, entre los meses 18 y 26 de sus períodos, debido a verdaderas explosiones de protesta social. A Figueres, la huelga del magisterio (1995); a Rodríguez, el Combo del ICE (2000); a Pacheco, Riteve y camioneros (2004); a Oscar Arias, el TLC (2007).

Con Chinchilla, el patrón cambió un tanto: una vez que las protestas se le escalaron, no hubo un episodio específico sino una meseta de movilizaciones: le arrearon tieso y parejo durante el resto de su gobierno y desde lados muy distintos. Este fue un segundo elemento de distinción: entre 1995 y el 2007 los “picos” de protesta tenían tema y actores definidos, pero el altiplano de protestas entre el 2011 y el 2014 fue un todos contra el gobierno.

Las cifras duras y puras de la protesta social durante el presente gobierno indican que su nivel se ha mantenido bajo. Siempre hay (una democracia es esencialmente conflictiva), pero sotto voce.

Ello llama la atención pues el gobierno ha hecho cosas que en otras circunstancias hubiesen incendiado el cotarro: ha denunciado convenciones colectivas, se ha peleado con sectores empresariales y, luego de un ataque inicial de desprendimiento, ha aprobado alzas salariales lejanas a las pretensiones sindicales.

Reconocer que esta administración ha logrado evitar incendios sociales, el día que los taxistas bloquean vías y hay enfrentamiento con policías es una ironía de la vida, pero, ¡diay!, esa es la tendencia.

La pregunta es: ¿por qué un gobierno que posee débiles bases de apoyo y que ha tenido comportamientos fluctuantes ha logrado mantener la calma social? Varias cosas pueden estar jugando: este gobierno les resulta más cercano a varios sectores sociales; las organizaciones sindicales y las empresariales están divididas y tienen dificultades para articular acciones conjuntas desde sus sectores; la estabilidad de precios ha aumentado los ingresos reales de muchos hogares; y, también, el gobierno ha desplegado capacidad de maniobra.

Quizá la razón de fondo es que se ha pospuesto la discusión de la reforma fiscal, la madre de todas las batallas. Los sectores organizados de diversos lados velan armas a la espera de que empiece la discusión legislativa del IVA, el impuesto sobre la renta y los cambios a los regímenes de empleo público. Si no hay transacción política, arderá Troya. Mientras tanto, vivimos una tensa calma, a ver qué llega primero: el enfrentamiento por las reformas o las reacciones por el inevitable ajuste fiscal.