Por: Fernando Durán Ayanegui 29 noviembre, 2015

Recomendar la lectura de Voces de Chernóbil, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, no es precisamente un motivo de alegría. Pero debemos hacerlo. Esta obra literaria, que pese a haber sido publicada en ruso desde 1997 no apareció en español sino hasta enero del año que corre, es una especie de reportaje sobre el cumplimiento de una de las profecías del Apocalipsis, y encierra una ominosa advertencia para los seres humanos que viviremos una parte del siglo veintiuno.

Por haber recibido la autora el Premio Nobel de Literatura del 2015, ya han salido a la luz comentarios sobre este libro y por ello dedicaremos el nuestro a dos singularidades que le confieren un gran valor de actualidad: una, que podríamos llamar externa, es el hecho de que pareciera ser el presagio del grave episodio nuclear que ocurriría dieciocho años después en Fukushima, Japón; la otra es una discreta relación del texto con el hoy notable fenómeno de los desplazamientos forzados de poblaciones.

Los testimonios de decenas de sobrevivientes, que Svetlana Alexievich transcribe, ponen al desnudo el intento de las autoridades soviéticas bajo el mando de Gorbachov por mantener en secreto el absurdo sacrificio de miles de vidas humanas y la irresponsable puesta en peligro de la salud de una gran parte de la población europea, y demuestran que las acciones oficiales posteriores al accidente de Chernóbil fueron chambonadas técnicas y políticas cuyas consecuencias seguirán teniendo efecto durante siglos.

Concentrada en los aspectos humanos de la tragedia, la autora extrae de ellos, para el mundo, enseñanzas que luego parecieron haber caído en saco roto: enfrentadas en el 2011 a un accidente de características y magnitud similares, las autoridades japonesas, bajo un régimen muy diferente al comunista, intentaron recorrer el mismo camino del ocultamiento.

El libro deja constancia de que una amplia zona alrededor del complejo nuclear de Chernóbil, evacuada forzosamente a causa de la elevada contaminación radioactiva, y destinada a seguir deshabitada al menos durante varias generaciones, no tardó en convertirse en refugio de migrantes procedentes de comarcas vecinas, incluso de algunos venidos de otras tan lejanas como Kirguistán y Tayikistán cuando estas repúblicas, tras la disolución de la URSS, fueron escenarios de conflictos étnicos. De este modo, quedamos apercibidos de una nueva profecía según la cual la realidad planetaria será, a partir de ahora, una perenne sucesión de infiernos.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.