Opinión

Otro premio cuestionado

Actualizado el 12 de septiembre de 2017 a las 10:30 pm

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Con inmenso interés y pesar he seguido los acontecimientos relativos a los migrantes del grupo étnico y religioso de los rohinyás, quienes son musulmanes. Son miles de campesinos repartidos mayormente entre las fronteras de Birmania y Bangladés. En Birmania, donde se concentra posiblemente el máximo contingente, son perseguidos por las Fuerzas Armadas para ser liquidados.

La persecución de los rohinyás se desató en agosto, a raíz del atentado de una facción minoritaria de los refugiados contra puestos de la Policía. Este acto fue calificado por los militares en Birmania como un ataque armado y a continuación sus tropas, bien apertrechadas por sus aliados, se lanzaron en contra de los asentamientos rohinyás. Está claro que el resultado de estas acciones ha sido predecible. De nuevo a la huida y buscar asilo en Bangladés.

Los sitios designados como refugios en Bangladés se encuentran repletos. Las condiciones infrahumanas de esos lugares, con sus correlativas epidemias, no les importa a los fugitivos. Hasta ahí se mueven también los militares birmanos en procura activa de muertes que adornen las estadísticas servidas a la prensa y las misiones foráneas. Seminarios y misiones humanitarias han acogido a miles de los rohinyás aunque declarados ilegales por el Gobierno.

Recordemos que Birmania es, de facto, una dictadura armada, la mayoría de la población es budista y los monasterios budistas son entidades más o menos libres. Es en el entorno del budismo imperante donde la líder opositora Aung San Suu Kyi no resultó escogida presidenta del país. Por su tenaz oposición a los militares recibió el Nobel de la Paz.

Sin embargo, el lustre obtenido por ella ha sido sacudido recientemente por su sepulcral mutis en torno al martirologio de los rohinyás. Desde el sudafricano Desmond Tutu al senador John McCain y la también premiada Malala, de Afganistán, han apelado públicamente a la jefa de Gobierno Kyi para que intervenga en favor de los refugiados, aunque no sean budistas. De hecho, son musulmanes.

El silencio de la laureada ha sido atronador, al punto que ya han proliferado peticiones a las instituciones respectivas para que le cancelen su premio. No sé si antes ha acontecido algo parecido. En cuanto a los refugiados, lo que persiste es una limpieza étnica. Sus mujeres son violadas y, para colmo, no son bienvenidos en ningún país de la región. En suma, no tienen adonde ir y sus vidas corren peligro en todo momento. ¡Qué tristeza, y qué injusto el orden internacional que así los ha abandonado!

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