Por: Fernando Durán Ayanegui 10 abril, 2016

A este militar y político ruso del siglo XVIII se le atribuye el haber propiciado la patraña de que una región de Rusia fue el primer país más feliz del mundo. Para ello, habría inventado las “aldeas Potemkin”, emplazamientos humanos de mera fachada que, a los altos funcionarios imperiales en gira oficial, se les presentaban como ocupados por personas prósperas y satisfechas, felices de compartir las glorias de un imperio ruso en plena expansión.

Según la leyenda, la misma emperatriz Catalina II habría caído en la trampa de tomarlos por auténticos, lo que viene a sugerir que la palabra Potemkin debe convertirse, en todas las lenguas, en una especie de marca o franquicia para aquellos componentes de la realidad –objetos o acontecimientos– que, sin haber existido nunca, originan creencias o convicciones invencibles.

Así, pues, puede haber llegado la hora de comercializar, desde un bufete ubicado en un paraíso protegido como Seychelles o Panamá, certificados de legitimidad para docenas de democracias Potemkin, cientos de estadistas Potemkin, miles de honrados políticos Potemkin y millones de pastores religiosos, eximios poetas, geniales científicos todos ellos Potemkin; es decir, de hacer negocios transformando a nuestro planeta en el ombligo y el motor de una galaxia Potemkin.

Estaba justamente dentro de esta línea la vieja idea de planificar barrios holográficos gigantescos, de gran fuste arquitectónico, destinados a ocultarles a los turistas la visión de los tugurios y las favelas del mundo. Después de todo, en Latinoamérica se ponen en práctica procedimientos de “potemkinación” urbana cada vez que un presidente de Estados Unidos visita uno de nuestros países. Recordamos haber contado cómo fue que una vecina de Zapote aprovechó la visita de Obama a Costa Rica para lograr que la Municipalidad de San José recogiera la basura de su jardín.

Mientras escribíamos esta nota, imaginábamos la posibilidad de repetir, en nuestras elecciones del 2018, el experimento que estudiosos del comportamiento animal realizaron en cierta comarca africana.

Los investigadores instalaron, en un claro de la selva, un espejo gigantesco y se ocultaron para filmar las reacciones de los animales al observarse en la bruñida superficie.

El primero en aparecerse fue un corpulento gorila que, al ver reflejada su imagen, la tomó por una simia Potemkin e intentó abrazarla. Tras algunos segundos de confusión, el gorila demostró su inteligencia: buscó a su potencial conquista detrás del espejo.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector de la UCR en 1981.