Por: Fernando Durán Ayanegui 13 mayo

Cuando, refiriéndose a la victoria de 1945 sobre los nazis, Vladimir Putin dijo que “no hubo ni habrá fuerza que pueda con nuestro pueblo”, quizá pensaba en el poema El lobo en la perrera, de Iván Krylov (en español, en Olga de Wolkonsky, Historia y evolución de la poesía rusa, Argentina, 1943). En ese texto, un lobo busca meterse en el redil de las ovejas y entra por error en la perrera. Tras un jaleo de órdago, la fiera se ve perdida e intenta negociar con los canes jurándoles que, en adelante, respetará a las ovejas y ayudará a cuidarlas; pero en el acto aparece un cazador que, antes de soltarle los perros encima, le increpa: “Oye, tú eres gris, mas yo, mi amor, canoso./ Y como yo las costumbres del lobo conozco/ me he acostumbrado/ a nunca hacer la paz con un malvado/ antes de haberlo destrozado”. El lobo es, por supuesto, Napoleón Bonaparte, y la fábula, publicada en 1812, será válida para cualquier depredador que intente invadir el redil ruso. Hitler, sin duda, nunca leyó a Krylov.

En la nota Primer período de la poesía soviética, la profesora Wolkonsky escribe: “como las hojas de un árbol durante la tempestad, todo se confundió (…) pero al pasar la furia del temporal se pudo ver que, si bien muchas hojas se habían perdido llevadas por el viento, y muchas cayeron, las que quedaban permanecían en sus lugares de siempre. Así sucedió con los poetas de Rusia; con la revolución, muchos desaparecieron al dejar la patria (…) otros, sin poder amoldarse a las condiciones nuevas, se callaron definitivamente (…) otros fueron muertos o murieron (…) y, por último, muchos permanecieron para cantar en voz distinta, otros temas”.

Wolkonsky comete el error de citar a Anna Ajmátova entre aquellos que “se callaron definitivamente” y con ello muestra, sin proponérselo, que con el paso del tiempo deben modificarse muchas percepciones. Ignoraba, cuando redactó su libro, que Anna nunca dejó de escribir pese a que la publicación de su obra era obstaculizada por el régimen bolchevique –el mismo que había ejecutado a su exesposo y enviado por un tiempo a su hijo al gulag–; y que, en 1941, durante el sitio de Leningrado, la poeta, enfrentada activamente al lobo nazi, leyó por radio un llamado a la lucha y un elogio a las mujeres leningradenses que combatían a muerte al invasor. Conocida la totalidad de su obra, hoy a Ajmátova se le considera la más importante escritora rusa de todos los tiempos.