Por: Fernando Durán Ayanegui 2 septiembre

Tuve el honor de participar en la Feria Internacional del Libro que concluye hoy, presentando a un extraordinario escritor, el peruano Fernando Iwasaki. Lo hice tan bien como un químico puede hacerlo, pero me temo que no funcionó, a juzgar por las bromas gentilmente descalificadoras que me propinó, en privado se puede decir, en los mismos pasillos de la FIA, un intelectual alajuelense a quien me une una sólida y franca amistad. Como a buen perdedor no le duelen prendas, ni siquiera las regaladas a la novia que lo abandonó por otro, voy a relatar dos episodios que disuadirán a cualquier organizador de actividades similares que pudiera pensar en reclutarme como expositor.

Para el primero, fui invitado a dar, fuera de San José, una “charla literaria” a la que no llegó nadie aparte del promotor, quien tuvo la cortesía de comentar que un torrencial aguacero adormecía aquella noche a la población. Me retiré hambriento y empapado, pero satisfecho de que un clamoroso simulacro de diluvio me hubiera salvado de aburrir a muerte a diez o quince personas.

La segunda vez iba más confiado porque la invitación la hizo un colegio de Alajuela y el acto tendría lugar a las tres de la tarde, en un edificio a prueba de caprichos atmosféricos, lo cual me garantizaba, según pensé, una audiencia estudiantil cautiva, aunque no necesariamente cautivada. Por lo demás, precavido, llevaba colgada con los traicioneros alfileres de la memoria una exposición de 1.540 palabras, tamaño que, de acuerdo con las ciencias de la oratoria, me tomaría apenas doce minutos, lapso máximo de atención sostenida que, según mi experiencia docente, se le puede exigir, entre el almuerzo y la cena, a un grupo de estudiantes en la edad de la punzada.

Sin embargo, vaya fatal improvisación, la actividad se transfirió a un salón ubicado en lo que fue la antigua cárcel de la ciudad. La audiencia potencial aprovechó el trayecto para esfumarse y solamente llegaron a la meta cuatro estudiantes. Me abstuve de recitar mi rollo, pero invité a la multitud a conversar un rato en una soda cercana y juré nunca más aceptar compromisos semejantes, no vaya a ser que, antes del próximo, corra el rumor de que acostumbro invitar a tomar café a la concurrencia. Dudo que se pueda disponer de un salón que permita acomodar a tanta gente.