Por: Jorge Guardia 24 julio

Banqueros centrales y ministros de Hacienda corren la misma suerte del pobre perro flaco: se les pegan todas las pulgas. Yo lo sé; fui uno de ellos del 90 al 94 y aún siento el escozor de los piquetes.

Habíamos heredado un gran desequilibrio macroeconómico. Junto a mis colegas en Hacienda, tratamos de repararlo y, claro, nos declararon la guerra. Ahí nos dimos cuenta de cuán mezquina y clientelista puede ser la oposición. Se opuso a todas las reformas fiscales, monetarias y cambiarias que propusimos.

El déficit fiscal (proyectado) excedía el 7% del PIB, la balanza de pagos mostraba una brecha similar, la inflación y las tasas de interés lejos estaban de asimilarse a las de ahora, el crédito se disparó, el tipo de cambio estaba sobrevaluado, no teníamos reservas y tuvimos que solicitar al FMI apoyo financiero para salir adelante. Fue muy duro (muchos piquetes), pero lo logramos. Eso nos permite hoy aconsejar (y devolver pinchazos).

Debe mantenerse el equilibrio “macro”: baja inflación (3%), expansión crediticia prudente (evitar el peligroso juego de pretender resolver el desempleo con emisión) y un tipo de cambio más flexible. En lo fiscal: impuestos con tasas razonables, neutrales en la asignación de recursos y sin privilegios; gastos estrictamente necesarios, sin abusos salariales; déficit limitado a una tasa inferior a la expansión real de la economía; deuda menor al 50% del PIB, y tarifas acordes a los cambios del IPC. La realidad, empero, es muy distinta.

En esta etapa electoral todos se imputan y reparten culpas. Muchas pulgas habrán de picar a funcionarios pasados y presentes. Los viejos son los principales responsables de la crisis: crearon pluses salariales y otros desmanes, fueron incapaces de aprobar reformas en gastos e impuestos y ahora culpan al Ejecutivo por la inacción legislativa. Los nuevos también son de culpar: morosos al recortar gastos, buscan emitir nuevos eurobonos para aplacar el alza en los intereses. El Banco Central, por su lado, planea captar en dólares para reforzar reservas. Ambos son juegos peligrosos, practicados por gobiernos anteriores. Afectarían los intereses, el déficit del BCCR, emisión con efectos inflacionarios y la transparencia cambiaria. La evolución de reservas es clave para valorar el equilibrio. Mostrar aumentos a base de endeudamiento implica gato (o perro) encerrado. Sería una pena que le saltaran más pulgas al escuálido sabueso que ya, de por sí, no sabe qué hacer con ellas.