Por: Armando González R. 15 noviembre, 2015

Los “progresistas” de nuestro país se oponen al patrullaje de las aguas nacionales en conjunto con los Estados Unidos, país con el cual no tenemos disputas, pero viajan a festejar los logros de la Revolución sandinista con el presidente Daniel Ortega, cuyo gobierno nos ha dado múltiples dolores de cabeza.

La contradicción se resolvería con la simple invocación de afinidades ideológicas, más allá de los desacuerdos fronterizos, si no fuera por la existencia de un convenio de patrullaje conjunto entre Nicaragua y los Estados Unidos.

Nuestros progresistas imaginan una ruta marítima de la droga partiendo del sur exportador con rumbo al norte consumidor. Si no metiéramos mano y dejáramos el paso franco por nuestras aguas, el problema se trasladaría directamente a las costas estadounidenses, y ¡allá ellos!

Pero no está en nuestras manos franquear la ruta marítima, por mucho que mandemos a los gringos a freír churros. Un poco más al norte, la marina nicaragüense, infinitamente más importante que nuestro paupérrimo Servicio de Guardacostas, colabora para cerrar el paso.

También existen convenios de patrullaje conjunto entre Estados Unidos y naciones isleñas del Caribe, Panamá, Honduras, Guatemala y República Dominicana, entre otros. A los esfuerzos se suman el Reino Unido, Francia y Holanda. Los acuerdos entre Costa Rica y esas dos últimas naciones europeas son poco conocidos, pero otros países del área tienen convenios similares.

Quizá por eso, las rutas del narcotráfico no son directas, ni por mar ni por aire. Se segmentan y utilizan una combinación de medios de transporte. Según las autoridades, hasta el 80 por ciento de la droga llegada a tierras costarricenses entra por las costas, no por la frontera sur ni por aire, a pesar del patrullaje conjunto.

Franquear el paso por nuestros mares es abrir el litoral de par en par, con riesgo de convertirnos en una bodega donde, inevitablemente, cantidades residuales del trasiego, todavía mayores, alimentarán las guerras de pandillas, la criminalidad y la adicción. Eso para no mencionar la demostrada habilidad del narcotráfico para penetrar la política y las instituciones.

La admiración profesada por muchos de nuestros “progresistas” debería conducirlos a imitar al líder del sandinismo en este aspecto, donde ha demostrado mayor sensatez. Si le perdonan a Ortega el maridaje con el empresariado, del cual forma parte, ¿por qué no darle el crédito debido en materia de patrullaje conjunto?