Por: Fernando Durán Ayanegui 4 octubre, 2015

Recientemente apareció, en la televisión rusa, Vladimir Putin haciendo equitación con el torso desnudo y ostentando su fe cristiana con una brillante cruz dorada colgándole del cuello. Quien nos contaba esto tildó de hipócrita al mandatario ruso argumentando que “si antes fue comunista, ahora tiene que ser un cristiano fingido”.

Le preguntamos a nuestro interlocutor por qué está tan seguro de que Putin no fue antes un comunista fingido, y le mencionamos los nombres de varios influyentes personajes políticos costarricenses que han concurrido a las iglesias haciendo gala de piadoso catolicismo en la forma de sonoros golpes de pecho que por poco no provocan retumbos en el volcán Irazú.

La Calcídica es una península griega de la que cuelgan en el mapa, como apéndices de un molusco, tres peninsulitas. Una de ellas –Athos– es el territorio del “Estado Monástico Autónomo de la Montaña Sagrada”, que guarda cierta semejanza estatutaria con el Vaticano y alberga veinte monasterios ortodoxos: quince griegos, uno búlgaro, uno georgiano, uno rumano, uno ruso y uno serbio.

Su enseña es la de Bizancio, no la de Grecia, y su lengua se acerca más a la formal del Imperio bizantino que al griego moderno. Hubo rumores de que el monasterio ruso –el de san Pandeleimonos– sirvió de refugio a un número indeterminado de fugitivos de la revolución bolchevique y de que los escapados llevaban consigo valiosas reliquias rusas ortodoxas para evitar que, de caer en poder del régimen comunista, fueran destruidas.

En setiembre del 2005, el presidente Putin visitó Athos en un yate privado. Las autoridades locales no sometieran al control aduanero a los miembros de su comitiva, unos cuarenta hombres cada uno de los cuales portaba una gran valija nada justificable para una visita de pocas horas.

Supuestos testigos hicieron circular la especie de que a la hora de la partida las valijas pesaban más que a la llegada, pero nosotros preferimos apostar por la buena fe, y sugerimos que en aquella maledicencia se encuentra el germen de una novela en cuya trama la religiosidad de Putin, tan sincera como su patriotismo, lo llevó a prometerle a la alta jerarquía ortodoxa de Moscú la repatriación de las reliquias exiliadas en Athos y, como habría sido diplomáticamente muy incómodo para el Kremlin entrar en una disputa sobre trámites con las burocracias balcánicas, prefirió cumplir su promesa un poco al estilo de James Bond. Al final, la Iglesia ortodoxa declara a Putin hijo predilecto de san Alejandro Nevski.

(*) Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.