Por: Fernando Durán Ayanegui 1 marzo, 2015

En dos ocasiones, al llegar uno de mis nietos a los once años, la edad que yo acababa de alcanzar cuando, en 1950, me separé de progenitores y hermanos para ir a estudiar en la enseñanza vocacional y técnica de Cuba –regresaría pasados más de seis años–, la celebración fue para mí motivo de una emoción que pocos, quizás ni los mismos mozalbetes, comprenderían si me empeñara en explicársela. A lo sumo, la podría definir como una experiencia de nostalgia intransferible, o como un extenuante ejercicio de incomunicación. Cosas de viejo, dirían algunos. Con sobrada razón.

Cuando cada uno de ellos asistía al parvulario – kinder , se le llama por aquí–, muchas veces me tocaba recogerlo a la salida y, de paso, antes de volverlo a casa, llevarlo a dar, incluso dentro de la ciudad universitaria, lentos paseos que constituían un alegre tributo a nuestra desigual camaradería. Fueron numerosas las actividades académicas, de real o supuesta importancia, a las que no pude llegar o llegué tarde por la sencilla razón de que no podía suspender un rito para el cual no debía transcurrir el tiempo. Quizás albergaba la esperanza de que mis compinchitos guardaran durante todas sus vidas un recuerdo imperecedero de sus paseos con el pereciente abuelo.

En vano, como se verá. Cierta vez, cuando después del kínder llevaba de la mano al que hace pocas semanas cumplió los once, en el despejado cielo citadino surgió una maravilla: silenciosos, navegaban en lo alto, enrumbados hacia el noroeste, cuatro quetzales. Yo nunca había presenciado algo semejante. Me arrodillé hasta la altura del nieto y, señalándole la cimbreante caravana, le dije que no parara de mirar hasta que se perdiera en el horizonte, porque aquello era algo que nunca deberíamos olvidar. Durante largo rato compartimos la visión irrepetible y, cuando hubo desaparecido, insistí: “ Mijito , espero que nunca olvidés esos quetzales”. En otra ocasión me pidió que lo llevara a un cercano parque municipal, en el que él ya había estado, acompañado por su madre. Cuando nos acercábamos, comenzó a llamar a viva voz: “¡Ricardooo!, ¡Ricardooo!”. “¿Quién es Ricardo, un amigo tuyo?” –le pregunté–. Avanzó unos pasos antes de decir “sí” y, en ese momento, apareció Ricardo deslizándose sobre sus cuatro patas. Era un gracioso perrito al que los guardas del parque le habían dado aquel nombre. En cuanto a ambas anécdotas, la nostalgia es solo mía porque ahora, tras haber cumplido sus once años, mi nieto dice no recordar a Ricardo ni a los quetzales.

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