27 abril, 1995
Juan Fernando Cordero
Juan Fernando Cordero

Hace algunos años escuché la historia de una niña costarricense que se llamaba Milder y desde entonces quedé con la duda de si sería enteramente feliz con su nombre, sobre todo si en algún momento llegaba a enterarse cómo se había originado.

Ni qué decir de otros compatriotas que, según la voz popular, cargan con identificaciones como Evergreen, Acetaminofén y Usnavi, producto de una ciega decisión o de un ingenuo arrebato de sus progenitores que de seguro condenó a los hijos, cuando menos, a ser objeto de diversión de sus compañeros.

Por eso me parece sabia la decisión del registro civil de Panamá, en cuanto a negarse a inscribir a niños con nombres que se consideren ofensivos o que los puedan someter a burlas y acosos.

Al leer sobre la medida de las autoridades panameñas, recordé una escena de Cantinflas en la película El padrecito, en la que se niega a bautizar a un bebé con el estrafalario nombre que le quiere endilgar su padre.

Tengo entendido que en Costa Rica existe una disposición legal que permite que las personas se cambien el nombre, si existe una razón de peso, y portar uno desagradable debe ser una de ellas. El problema es que, para entonces, el presunto daño ya estará hecho.

Valdría la pena que para proteger a los niños víctimas de abusos de este tipo, nuestro Registro Civil trate de tomar una decisión similar. Y que los sacerdotes intenten emular la acción de Cantinflas cuando sea necesario.

P.D.: lo de Milder provino de un almanaque que anunciaba unos cigarrillos "más suaves", Evergreen es una compañía de contenedores, acetaminofén es harto conocido, y Usnavi se derivó de un barco de la U.S. Navy que llegó a Limón.

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