Por: Fernando Durán Ayanegui 13 noviembre, 2016

Conservamos en rigor el precepto que inhibe a los zapateros de manosearle los calcetines a Apeles. Nunca hemos creído que nuestra clarividencia supere a la sabiduría de los expertos y por eso evitamos inmiscuimos en ámbitos “opinionológicos” reservados a politólogos y a otros especialistas en diversas áreas de las ciencias sociales. Hoy, como excepción, haremos un comentario light sobre el resultado de la campaña electoral de Estados Unidos.

Aunque reticente, nuestra preferencia favorecía a la señora Clinton, candidata muy flojita a nuestro juicio, pues sentíamos una visceral repugnancia frente a los, también a nuestro juicio, abismales defectos del hoy presidente electo del más importante Estado del planeta. Eso hizo que nos resultara satisfactorio acogernos a la seguridad sobre el triunfo de Clinton que manifestaban casi unánimemente los opinadores más autorizados de los medios costarricenses y, así las cosas, después de un día muy ajetreado, la noche del martes nos preparábamos para disfrutar desde temprana hora de un sueño reparador. Armados con un libro –por coincidencia escrito por un autor esloveno, es decir, por un compatriota de la señora Melania Trump– ya íbamos a asociarnos con las sábanas recién planchadas, pero antes de que pudiéramos intentarlo nos sobrevino un encadenamiento de ideas capaz de hacer descarrilar hasta los trenes de carga.

En primer lugar, de golpe nos percatamos de que, en griego, la palabra melania significa “negra”, y de inmediato se nos ocurrió que en ello había algo oscuramente premonitorio. En segundo término, recuperamos de pronto nuestra antigua desconfianza en la unanimidad al encontrar sospechoso que unos pocos opinantes nacionales, a quienes normalmente les habríamos atribuido cierta afinidad con las ideas más retrógradas de Donald Trump, se prodigaban, con una largueza a la que nosotros nunca nos habríamos atrevido, en alabanzas a Hillary Clinton. “He oído de barcos que se hundieron a causa del lastre”, nos dijimos y, en vez de insistir en descansar, nos sentamos frente a una pantalla dispuestos a seguir de reojo, mientras leíamos, el desarrollo del conteo electoral.

Cuando, al filo de la medianoche, el resultado quedó siniestramente claro, el cansancio nos hizo caer en un cabeceo prolongado durante el cual soñamos que éramos fogoneros en el último viaje del Titanic, pero al despertar pensamos: “Viéndolo bien, si Donald Trump tiene esos detractores, empiezo a creer que no es tan malo”. Y luego dormimos a pierna suelta.