Por: Jorge Vargas Cullell 17 mayo

Hoy, quiero hablar sobre lo confuso que pinta la próxima campaña electoral. Digo que, a diferencia del 2014, no pareciera tener una narrativa clara.

Me explico. Toda campaña tiene tema y una historia en la cual siempre hay buenos y malos. Se trata de convencer a la mayoría ciudadana de que los del otro lado son los malos.

En el 2014, el tema fue “continuidad vs. cambio”: el PLN pulseaba un tercer gobierno seguido diciendo que ellos eran los que sabían gobernar; los opositores, que era necesario remover a los mismos de siempre. Entre estos últimos, el pleito fue quién era el campeón del cambio y la ciudadanía se decantó por el PAC.

Esta vez, sin embargo, el cuento de la “continuidad vs. cambio” no funciona. El PLN no puede argumentar que es el cambio (su rostro es el de la política tradicional) y el PAC hasta chirría cuando dice que ellos siguen siendo “el cambio”. Los otros partidos opositores tampoco la tienen fácil: si prometen cambio, ¿con respecto a quién: el PLN o el PAC?

Una cosa que complica los cálculos políticos a todos es que este gobierno no fue el agente de cambio que el PAC prometió, pero tampoco el desastre que el PLN predijo. Ahí va cachazudo, como la mula del cura, y con cierta popularidad a cuestas.

Pareciera, entonces, que estamos a la espera de que “salte” un evento (escándalo de corrupción, episodio dramático de inseguridad, crisis fiscal) que, por carambola, defina la campaña. Si ello ocurre, seguro tendremos una competencia entre partidos “indignados”, todos enfocados en la denuncia, a fin de sacar réditos electorales de los miedos.

En esta hipótesis, tendríamos una carrera hacia el fondo para ver quién es el más gritón. ¿Para qué hacer propuestas si se trata de ganar pintando el infierno que vivimos? La única promesa del candidato es que nos salvará de las llamas. Un gobierno que así se elija sería un salto al vacío.

¿Qué pasa si no hay tal evento tipo “meteorito” y la campaña se desenvuelve en el actual ambiente de medianías, donde las cosas siguen más o menos como en los últimos ocho años, en el que todos pueden ser el cambio y, al mismo tiempo, ninguno?

Una campaña sin narrativa sería como un acto de notario público. La gente vota, una certificación dice que hubo ganador y, sin importar quién quedó, habremos llevado otra vez la inercia al poder.

Chingo de opción: un Trumptico o la inercia. ¿No habrá un Macron por ahí?