Por: Eduardo Ulibarri 5 febrero, 2016

Las elecciones de pasado mañana tienen mucha mayor importancia de la que, a simple vista, sugieren. Por primera vez en la historia escogeremos, en un solo acto y de manera directa, a todas las autoridades políticas cantonales. Y son legión: 81 alcaldes, 162 vicealcaldes, 1.006 regidores, 956 síndicos, 16 intendentes y viceintendentes y 3.760 concejales de distrito.

Que hayamos tardado tanto en dar el paso, revela la marginación en que ha estado nuestro régimen municipal. Que al fin podamos darlo, abre enormes posibilidades. Estas van mucho más allá de aspectos esenciales, como fortalecer el vínculo electores-elegidos, permitir que los partidos aceiten y prueben sus organizaciones y lanzar una muy ligera –y también imprecisa– señal de cómo están los alineamientos para el 2018.

Todo lo anterior es de gran trascendencia. Pero el potencial generador de lo ocurrido hasta ahora, y de lo que vendrá tras el domingo, es aún más importante para la democracia y la gobernabilidad.

Primero, lo que ya se ha logrado: estimular mayor interés por lo cercano (el gobierno cantonal) que había sido tan lejano; hacer visibles problemas, intereses y soluciones que se escondían bajo el radar; sacar a las estructuras partidarias de su modorra interelectoral; y activar liderazgos locales y atraer hacia ellos a actores debutantes de la política, en buena medida jóvenes.

Al titular ayer que más de la mitad de los candidatos a alcalde son nuevos en estas lides, La Nación nos ha dado una excelente noticia: la renovación político-partidista, siempre lenta y tortuosa, quizá esté comenzando muy cerca de nuestras casas.

Pero hay más potencial. La fragmentación de las propuestas municipales, y la casi certeza de concejos sin mayoría de un solo partido, hará indispensable negociar, forjar alianzas y generar pragmatismo; un buen ensayo legislativo. Las promesas de tantos candidatos estimularán la exigencia de cuentas. Las nuevas potestades que se transferirán desde el Ejecutivo (con peligrosos giros presupuestarios y múltiples interrogantes) exigirán mejor desempeño; la clave será su cumplimiento.

Preparémonos para riesgos, turbulencias y hasta escándalos en la nueva ruta. Pero también ejercitémonos para lo que podría ser una etapa clave de notable cambio democrático.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).