Por: Fernando Durán Ayanegui 27 abril, 2014

Entre las expresiones de reconocimiento que siguieron al fallecimiento de Gabriel García Márquez figura una muy significativa, la del escritor Mario Vargas Llosa, quien declaró que García Márquez es superior a J. L. Borges. Estemos o no estemos de acuerdo con Vargas Llosa, después de eso nada queda por agregar. En efecto, sería fácil probar que los narradores en lengua española del siglo XX más mencionados admirativamente por creadores de todo el mundo son Borges y García Márquez. Por supuesto, en este ámbito nunca primará la unanimidad y el mismo Cervantes ha sido motivo de objeciones que, al final, quedan sepultadas bajo lápidas de autoridad como aquella de Milan Kundera, según la cual “el novelista no tiene que rendirle cuentas a nadie, excepto a Miguel de Cervantes”. Hemos visto con extrañeza –y, en algún caso, con vergüenza ajena– los comentarios negadores de algunos jóvenes –y otros no tan jóvenes– escritores costarricenses que, en las redes sociales, han salido a restarle méritos a la obra de Gabo , obra que, si bien podría no ser perfecta, es roca que no puede ser bruñida por los tímidos lamidos de minúsculos riachuelos.

Esto nos trajo a la memoria un tiempo en el que dentro de la comunidad universitaria costarricense se manifestaba, en ridícula alternancia, cierta mezquindad seudoideológica que intentaba desautorizar, desde la derecha, a García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Benedetti, y, desde la izquierda, a J. L. Borges, Milan Kundera y Vargas Llosa. Fue aquella derecha académica la que hizo fracasar –según ella, porque Gabo era comunista– la propuesta, encabezada por el doctor Jézer González, entonces director de una escuela universitaria de letras, de que la Universidad de Costa Rica le extendiera el grado de doctor honoris causa al ya entonces nobel colombiano. Casi simultáneamente, una cimera personalidad académica nos devolvía, sin leerlo, el ejemplar que le habíamos prestado de la novela La insoportable levedad del ser, de Kundera, porque, a juicio de un camarada suyo, el checo era un “gran reaccionario”.

Aconteció que poco tiempo después, en el lobby de un hotel madrileño, nos tocó en suerte escuchar cuando Gabo decía a un grupo de estudiantes de la Complutense de Madrid que lo habían abordado de improviso: “Pero, jóvenes, ustedes saben que yo escribo en español, una lengua mayor; si buscan que alguien les hable de los problemas del escritor en una de las lenguas menores, el ideal es que visiten aquí cerca, en París, a mi admirable amigo Milan Kundera, que aún escribe en checo”. Fue curioso: el “comunista” Gabo no mencionó al “reaccionario” Kundera.