Por: Jorge Vargas Cullell 31 mayo

La palabra siempre juega al escondido con la realidad. Por más que uno quiera ser fiel a lo que ve o siente, ningún concepto logrará jamás captar los infinitos matices de una situación. Si digo “soy muy feliz”, los demás entenderán que vivo con intensidad ese sentimiento, pero nunca sabrán cuánto es “muy” ni exactamente qué entiendo por felicidad.

A mediados del siglo pasado, los filósofos existencialistas hicieron de esa desconexión un postulado acerca de la condición humana y la inevitable soledad vital que surge de la imposibilidad de la comunicación objetiva. Por su parte, el psicoanálisis ha hecho de la palabra el incierto punto de entrada para explorar la conciencia y el sentido de nuestras vidas.

La desconexión entre palabra y realidad se vuelve aún más grande cuando, intencionadamente, una persona distorsiona lo evidente con el fin de engañar a los demás. El tema aquí es que los humanos somos embusteros: mentiras veniales y capitales; “mentiritas” blancas e infamias.

Si mentimos en el ámbito de las relaciones personales, ¿cómo no lo vamos a hacer en el ámbito público? Aquí, lo distinto no es la naturaleza, sino la magnitud y las consecuencias de los embustes.

En ese sentido, un dictador tiene poderes totales sobre la mentira y puede aniquilar pueblos enteros con ellas. Sin embargo, aun en democracia, la mendacidad es ubicua, aunque si el sistema de pesos y contrapesos y el Estado de derecho funcionan, hay ciertos límites sobre el uso de la mentira.

La desconexión intencionada entre palabra y realidad campea en nuestra política, un hecho inevitable pues ciudadanos y políticos no somos ángeles. Por ello, es indispensable enfrentar la mentira para evitar que termine por subvertir la realidad y debilite la voluntad ciudadana para ejercer el escrutinio público.

Hay, sin embargo, otra desconexión entre palabra y realidad que nace no del engaño, sino de una brecha irreconciliable entre una realidad que cambia vertiginosamente y un debate público obsoleto, anclado en conceptos vetustos. Sigue en Costa Rica la discusión “mercado vs. Estado” cuando ya está probado que mercado y Estado deben reforzarse mutua y novedosamente para encauzar el adelanto tecnológico en favor del bienestar social.

Este tipo de desconexión es evitable y urgente de remediar. Nos paraliza como país. Si la palabra es acción, hay que revivificarla, quitar las telarañas mentales.