Por: Nuria Marín Raventós 12 marzo

Una de las caras humanas de las recientes decisiones restrictivas en materia migratoria en los Estados Unidos son las decenas de miles de menores de edad de origen centroamericano que han cruzado solos las fronteras del país y ahora radican ahí.

Se trata de un verdadero drama humano. Niños y jóvenes desesperados por la violencia en sus países, dispuestos a caminar miles de kilómetros, sufrir de hambre, sed y exponer su seguridad física, en una travesía en busca del reencuentro con familiares y una vida más digna.

Son, en su mayoría, provenientes de Guatemala, Honduras y El Salvador (“el triángulo norte”), región reconocida como una de las más violentas del mundo, donde sobresale El Salvador, cuyo número de homicidios por cada 100.000 habitantes supera los 100. Para darnos una idea, la OMS considera como pandemia social cuando hay 10 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Terminada la tregua negociada entre maras en el 2013, estas han vuelto con enconada violencia y los jóvenes que no se integran a las pandillas viven bajo la extorsión y la amenaza de muerte. A las mujeres, les toca sufrir el ser víctimas de violación.

En uno de los peores años, el 2014, la ola de menores centroamericanos que viajaron en esa condición superó la suma de 70.000, lo que llevó a Obama a crear un estatus especial para estos muchachos, que permitía que sus progenitores los reclamaran, permitiendo así su ingreso. Con ello se esperaba desincentivar estas peligrosas travesías, y logró reducir al año siguiente la cifra a 39.000.

En el 2016, ante el temor del cierre de fronteras, la cifra se disparó a 60.000 menores y su situación queda más comprometida al tomar la administración Trump la decisión de suspender por cuatro meses las solicitudes de asilo y reducir a la mitad el número de los que pueden ser admitidos anualmente por este mecanismo. De los 110.000 se redujo a 50.000 y ya se han ocupado 37.000 en lo que lleva del año fiscal que termina en octubre.

Una vez más esta administración rompe con el espíritu fundacional de un país abierto a los perseguidos. Basta con leer las palabras de George Washington, primer presidente de esa nación: “Siempre he deseado que esta tierra se convierta en opción segura y que brinde asilo a los virtuosos y perseguidos de la humanidad, sin importar la nación de donde provengan” (1788).