Por: Fernando Durán Ayanegui 29 julio

En el transcurso de esta aburrida cena, la conversación de mi vecino de mesa, quien ha bebido demasiado vino, casi ha dejado de interesarme, pero creo que se va animar cuando me dice: “Dichosos los dinosaurios, que por falta de información ni sospecharon que el cielo les iba a caer encima y murieron en paz”. No espera mucho antes de volver a la carga y agrega: “Definitivamente, es mejor no estar enterado de nada”. Pienso en las jaquecas que ambos padeceremos mañana y voy a decir algo, pero sobreviene un golpe de suerte: dirige su interés hacia la señora que está a su derecha y me deja tranquilo. Solo que el infeliz me ha hecho recordar cierto vuelo transatlántico, algo que al parecer no viene al caso.

Dentro de las incomodidades propias de la clase económica, en el avión todo estaba en orden. Mas he aquí que una turbulencia comenzó a bambolearnos e hizo aparecer la señal de fasten seat belt. La cosa se ponía cada vez más brusca, por lo que, como siempre en esos casos, me dediqué a repetir mentalmente los nombres de los países que eran independientes en 1921, a recordar algunos párrafos de la Odisea que se refieren a la apariencia del mar y a tararear diez veces, en voz baja, el Punto guanacasteco. Al rato, cerca de mí, alguien comenzó a musitar obsesivamente: “¡Qué está pasando, Dios mío, qué está pasando!”. Sentí deseos de ayudarle diciéndole que se lo preguntara mejor al piloto, pero me puse pedagógico y, dándole un golpecito en el hombro con las yemas de mis dedos –sería una locura soltarme el cinturón–, intenté calmarle: “Óigame, las estadísticas dicen que casi todos los aviones que se desploman desde estas alturas lo hacen con tiempo calmo”.

Pese a que el zangoloteo continuaba, la persona asustadiza se tranquilizó y hasta creí que se había dormido. Me felicité y procedí a recordar las notas de una pieza de Bach, pero cuando al fin se recuperó la normalidad del vuelo quería hacerme chiquitito porque descubrí que el desconocido se iba a pasar el resto del viaje apretándose los ojos con los nudillos y rogando incesantemente: “Dios mío, que haga viento, Dios mío, que haga viento”.

Retorno al presente cuando el dipsómano sentado a mi derecha reclama de nuevo mi atención explicándome con voz pastosa: “Como le decía, yo vivo muy feliz porque nunca escucho ni leo babosadas que parezcan información o noticias, ¿me entiende?, lo que quiero es morir como los dinosaurios”.