Por: Fernando Durán Ayanegui 8 junio, 2014

El novelista sudafricano J.M. Coetzee –premio nobel de literatura– vive actualmente en Australia. En una carta a su colega P. Auster, comenta sobre los juegos de la Copa Mundial de Fútbol del 2010: “Nunca he sido un verdadero aficionado al deporte rey, y lo que me llega de Sudáfrica no me hace cambiar precisamente de opinión. No se me ocurre otro deporte en que los jugadores se pasen tanto tiempo haciéndose faltas entre ellos e infringiendo las reglas en general cada vez que el árbitro no mira. El hecho de que el ojo omnipresente de la televisión capte sus trampas y las transmita al mundo entero no parece importarles lo más mínimo. El reino de la desvergüenza”.

Su observación nos resulta familiar porque ya nos la habíamos hecho en términos similares al ver por televisión algunos partidos locales e internacionales.

La zafiedad de ciertos futbolistas es todo menos que ejemplar, en especial durante los momentos previos a la ejecución de los tiros de esquina, y, concluido cada episodio, los diez o más transgresores del reglamento que no fueron descubiertos por el árbitro continúan en el juego muy campantes, pese a que miles de espectadores los han visto comportarse como mercenarios tras el toque de rapiña.

Es para preguntarse cómo es que los padres permiten que sus hijos sean testigos de ese descaro, solo comparable al de los políticos que, descubiertos en actos reprensibles, entran en toda clase de acrobacias jurídicas y publicitarias para, después de haber quedado más que expuestos, asumir funciones públicas sin siquiera ponerse antifaz. De esos, en Iberoamérica abundan que es un contento, pero también en Europa se dan casos tocados por la frase de Coetzee: “El reino de la desvergüenza”.

Hace pocos días se publicó un artículo de Tony Blair en el que el político inglés condena el secuestro de 240 niñas nigerianas por parte del grupo Boko Haram. Se trata de una condena que todo ser humano debería suscribir, pero resulta vituperable que Blair aproveche la oportunidad para presentarse a sí mismo como una especie de Madre Teresa que recorre el continente africano convertido en caritativo salvador de vidas humanas.

La verdad es que, si los juicios de Nuremberg fueran un buen precedente, la responsabilidad que le cabe a Tony Blair por las masacres que provocó, directa o indirectamente, cuando era primer ministro del Reino Unido, debió haberlo conducido directamente al patíbulo: sus órdenes militares troncharon las vidas de mucho más de 240 niños y niñas en Afganistán, Iraq y Serbia, de modo que, aunque ahora sea católico, nunca alcanzará el título de Madre Blairesa.