Por: Armando González R. 24 mayo, 2015

En las postrimerías del siglo pasado (suena a mucho, pero fue ayer) los teléfonos celulares comenzaron a ser accesibles. Causaban asombro, pero con dos décadas de perspectiva, solo pueden ser descritos como ridículos. Eran ladrillos, útiles exclusivamente para hacer llamadas.

En aquel momento, ese era un avance, no una limitación. La telefonía fija nunca sirvió para otra cosa y su conversión en medio portátil parecía una tecnología prematuramente extraída del futuro. El tamaño, las capacidades y autonomía de los teléfonos de hoy eran insospechados. La sucesión de saltos cualitativos no tardó en desencadenarse pero, por un instante, el ladrillo fue oráculo y rey.

Elon Musk, presidente del complejo industrial Tesla, acaba de anunciar la comercialización, a mediados de año, de su nueva línea de baterías para uso doméstico e industrial. Por $3.000, un hogar puede almacenar 7 kWh de electricidad. Con un par de baterías, recargables en ciclos diarios, la vivienda promedio puede almacenar suficiente energía para funcionar sin conexión a las redes públicas de electricidad.

La nueva tecnología permite la explotación de la energía solar como nunca fue posible. Paneles instalados en los techos generarán electricidad. Las baterías la recogerán para uso durante las noches y días nublados. No hará falta, como ahora, la conexión a una red pública para inyectarle el exceso generado durante las horas de sol con el fin de no desperdiciarlo y, en los países avanzados, consumirlo más tarde, extrayéndolo de la misma red.

Hogares e industrias funcionarán con “sol almacenado”, para citar la poética expresión del empresario sudafricano. Pero el recuerdo de los ladrillos celulares y su asombrosa y acelerada metamorfosis de dinosaurios a mariposas no permite dudar de la pronta superación de la tecnología develada por Tesla a fines de abril.

Musk lo sabe y lo promueve. Las patentes de Tesla están a disposición de cualquier interesado. Eso implica el ingreso de competidores al mercado, con aprovechamiento de la investigación y desarrollo de Tesla, pero también garantiza rápidas innovaciones y mejoras de precio y capacidad.

Las implicaciones son monumentales para generadores y distribuidores como el ICE. El futuro se anuncia con claridad solar. Es hora de integrarlo a los planes de desarrollo, no vaya a ser que la empresa pública, tan reacia a la innovación y tan confiada en el monopolio, repita la experiencia de la Internet y la telefonía celular.

(*) Armando González es director de La Nación.