6 mayo, 1995
Eduardo Ulibarri
Eduardo Ulibarri

Nadie puede culpar a la Asamblea Legislativa de aprobar pocas leyes: de la pasada legislatura salieron 103.

Nadie puede censurar a los diputados porque hablen: la denuncia y la polémica son esencias del parlamento.

Y nadie puede quejarse de falta de acceso a Cuesta de Moras: allí está el más transparente de los poderes.

?Entonces, cuál es el problema? ?Por qué el sentimiento generalizado de que algo anda mal en el Congreso?

Hay tres respuestas posibles:

1. La producción legislativa no es fluida, ordenada y eficiente, sino entrabada, espasmódica y sorpresiva. Su accionar oscila entre la parálisis recriminatoria y la aceleración desmesurada. El entrabamiento es parte de la rutina, y cuando ya la rigidez llega al punto de la catástrofe, surgen los "paquetes" de proyectos atropellados y urgentes.

2. Lo importante no es la cantidad, sino la calidad y oportunidad de las leyes. De poco valen 13 ó 103 si no resuelven o evitan problemas. Hay leyes que nunca debieron existir, otras que existen para no cumplirse y otras que se cumplen a medias. Son las que sobran en cualquier conteo de logros.

3. El mejor aporte de algunos diputados sería trabajar en silencio; el de otros, en cambio, está en hablar. Si las fracciones no entienden esta elemental división de labores, la gente seguirá pensando que se discute demasiado, cuando lo que ocurre, en verdad, es que no se discute bien.

En el cambio del reglamento interno y la acción de los partidos está la solución inmediata a estos problemas. Pero la más profunda va ligada a una nueva forma de elección de los congresistas, que devuelva a los ciudadanos el poder de escoger individuos y no de decir sí o no a listas prefabricadas.

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