16 noviembre, 2014

Digresión: se cuenta en Alajuela que, al enterarse de lo dicho por Juan Pablo II, un enseñante –lo políticamente correcto por “profesor”, ahora que al alumno se le llama “aprendiente”– se limitó a exclamar: “¡Pues miren qué cosa, las vueltas que da el mundo!”. Los aprendientes no llegaron a saber si el enseñante hablaba en serio o tan solo pretendía hacer un chiste académico: no ignoraban que, según una autorizada leyenda, eso fue más o menos lo que, después de escuchar su condena, dijo Galileo sobre nuestro planeta: “Sin embargo, se mueve” (dándole vueltas al Sol, claro).

Nadie puede presumir de ser como Galileo, pero cualquiera puede dárselas de ser más impaciente que cuanto pudo serlo él, y afirmar que no tienen derecho a morirse sin haber admitido su error quienes, pudiendo o no pudiendo influir sobre los acontecimientos, apoyaron entusiastamente a un genocida en ciernes cuando este ignoró la advertencia de que la invasión a Irak traería como resultado un desastre político, militar y humanitario como el que hoy se vive en Medio Oriente. Los autores de aquella advertencia fueron condenados por la “vehemente” sospecha de que eran enemigos de la democracia y admiradores del satánico Sadam Hussein. Y, en cuanto al sacrificio de vidas humanas, el conteo sigue.

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