Por: Jorge Vargas Cullell 22 enero, 2015

¿Es aceptable la apología del nazismo y de la solución final? Por supuesto que no. ¿Lo es la incitación a la violencia étnica o la promoción de la pedofilia? Inaceptable. Entonces, en una democracia, ¿qué hacer con quienes, amparándose en la libertad de expresión, difunden puntos de vista llenos de odio y contrarios a los derechos humanos? Enfrentarlos con las armas del Estado democrático de derecho.

Las sociedades democráticas varían a la hora de trazar límites a la libertad de expresión. En Alemania, la apología del nazismo es delito, pero no en Estados Unidos. Hace dos siglos, la libertad de expresión se entendía mucho más restringidamente que hoy: cubría solo el acto de hablar, pero no la protección posterior por lo dicho. Hay, sin embargo, consensos: la promoción de la pedofilia es unánimemente castigada.

En las últimas décadas, las democracias ampliaron enormemente el ámbito de la libertad de expresión para proteger, incluso, el habla repugnante. Sin embargo, han instituido límites: un ámbito de exclusión mínimamente definido (ejemplo: prohibición a la pedofilia), la responsabilidad legal por lo dicho y la difusión preventiva de valores como la tolerancia y el pluralismo. En general, una persona recibe castigo por haber dicho algo probadamente injurioso, calumnioso u ofensivo a la dignidad de otros mediante una condena legal, pero hemos dejado atrás el asesinato y la tortura como métodos para reprimir la expresión ofensiva. Nótese que, en todo caso, es necesario un juicio legal.

Puse al inicio casos extremos de expresiones que me son odiosas. Ni en esas circunstancias debe caerse en la tentación de actuar fuera del imperio de la ley para castigar esos mensajes. Si lo hiciéramos, aun por “buenas razones”, iniciaríamos una espiral de violencia que destruiría la convivencia pacífica. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.

Charlie Hebdo , la revista cuyos periodistas fueron asesinados por integristas islámicos, es una publicación de sátira política. Incómoda, irreverente con los poderes y convenciones, no deja títere con cabeza. Toda buena sátira es así. Ha ofendido, en distintos momentos, a diversos sectores, pero actúa estrictamente dentro de la esfera de expresión democrática. No es, sin embargo, mensajera del odio, aunque resulte odiosa para algunos. Por eso, el atentado de París tocó una fibra íntima de la democracia y generó una condena universal a la que me sumo. El fanatismo es veneno para la condición humana, y la protección de las libertades, el mejor antídoto que hemos inventado.