Por: Luis Mesalles 17 mayo, 2014

El otro día, en un trayecto de poco más de un kilómetro que anduve por el paseo Colón, observé al menos 10 infracciones de tránsito: vueltas en U, giros a la izquierda, cruces por doble línea amarilla, vehículos parqueados en zona prohibida y otros brincándose la luz roja a toda velocidad. También observé a varios peatones cometiendo imprudencias, como cruzar la calle por media cuadra, deteniéndose en la doble raya del medio, como si esa fuera una isla protectora, donde ningún vehículo los puede atropellar.

En nuestro país tenemos libertad de circulación, gracias a Dios. Pero existen límites, impuestos por una serie de reglas básicas de convivencia. Podemos circular libremente, siempre que no afectemos negativamente la libertad de otros para hacerlo. No deberíamos, por ejemplo, parquear el vehículo en ciertas zonas, donde bloqueemos el libre paso de otros, ni cometer imprudencias que pongan en peligro la vida de otros, además de la nuestra.

Pero muchos andan por ahí sin que parezca que les importen mucho las consecuencias negativas de sus actos, ni sobre los demás, ni contra sí mismos. Los ticos andamos por la libre, pero con una libertad mal entendida, sin responsabilidad personal ni hacia el prójimo. Como si el cuidado personal y de los que nos rodean fuera responsabilidad de alguien más.

Y esa actitud se da no solo en las calles, sino en muchas facetas de nuestras vidas. Tendemos a trasladarle muchas responsabilidades al papá Estado. Le encargamos que nos proteja y nos asista cuando tenemos un problema, que nos eduque, que mantenga nuestro entorno limpio y saludable, que nos cuide cuando nos hagamos viejos, que sea bueno y caritativo con los que están a nuestro alrededor. Y, si pasa algo malo, ahí está papá Estado para arreglarlo.

Y todo eso está bien. Pero un buen padre es el que educa a su hijo a ser responsable por sí mismo, a que actúe prudentemente, alejándose él mismo de situaciones de peligro. Le enseña a salir adelante por su cuenta cuando tenga un problema, a que ponga el máximo esfuerzo en su propia educación, a que haga lo posible por mantener su entorno limpio, sin contaminación, a que sea previsorio para la vejez y ahorre desde joven, y a que sea dadivoso con su prójimo, ayudándolo cuando lo ve en necesidad.

El peligro que corremos, como sociedad, es el trasladar toda la responsabilidad al Estado, sin poner suficiente de nuestra parte. El rol del Estado de proteger a los débiles, y de ayudar a los que no tienen oportunidad de salir por sus propios medios, es innegable. Pero la responsabilidad de cada uno de nosotros, por nuestros actos y hacia nuestro prójimo, es el fundamento esencial de vivir en comunidad y no se puede delegar a nadie.