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Actualizado el 04 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Cuenta una leyenda de una gran rivalidad entre Florencia y Siena, en la Italia de los tiempos medievales, debido a la disputa por la posesión de las tierras de Chianti. Para terminar la sangrienta guerra, las dos ciudades decidieron resolver el conflicto mediante un duelo entre dos caballeros. Para ello, cada uno saldría de su ciudad al canto del gallo. El punto donde se encontraran los dos caballeros determinaría la nueva frontera entre Florencia y Siena.

Los sieneses le dieron comida en abundancia a su gallo de color blanco, convencidos de que así cantaría más fuerte. Los florentinos escogieron un gallo negro, al que hicieron pasar hambre. El día del duelo, el gallo negro, muerto de hambre, empezó a cantar antes del amanecer, mientras que el gallo blanco, atiborrado de comida, se quedó dormido hasta más tarde. El caballero florentino, habiéndolo despertado el gallo más temprano, galopó a toda velocidad, cubriendo mucho más terreno que su rival. De ahí que casi toda la tierra de Chianti quedara anexada a Florencia y no a Siena.

A ratos, tengo la sensación de que el Gobierno se comporta, en cuanto a la problemática fiscal, como el gallo blanco de la leyenda: un tanto cómodo, sin tanta prisa. En febrero, luego de las elecciones, el todavía candidato Luis Guillermo Solís dijo que un déficit cercano a 6% del PIB era administrable. Por eso, prometió no presentar nuevos impuestos en los dos primeros años de su administración. Ya siendo presidente, dio un sustancioso aumento salarial a los empleados públicos, e incrementó fuertemente la dotación de recursos a las universidades públicas. Luego, presentó un presupuesto con crecimiento de gastos al doble de la inflación (sin contar amortización de deuda, ni intereses). El plan alternativo de recortes que después presentó el Gobierno fue más maquillaje que otra cosa. Incluso, el presidente y sus más cercanos colaboradores criticaron muy duramente a quienes propusieron los recortes, calificándolos de “cochinos”, y alegando que “no se debe actuar como si aquí se estuviera acabando el mundo”.

Estamos de acuerdo con que el mundo no se acabará mañana, si no se resuelve el problema fiscal hoy. Pero sí debemos empezar a actuar pronto, pues en este país cuesta mucho tomar decisiones. Si seguimos pateando la bola para adelante, cuando nos demos cuenta tendremos el agua hasta el cuello. Debemos, como país, llegar pronto a un acuerdo sobre una solución integral al problema fiscal. Eso incluye, además de la revisión de todos los rubros de gastos, una discusión seria sobre la problemática del empleo público y las reformas a la obsoleta estructura tributaria.

No queremos que nos pase lo del gallo blanco, al que el gallo negro lo madrugó y se quedó con lo mejor.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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