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Letras de cambio

Actualizado el 10 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Luis Guillermo Solís empieza su mandato presidencial con aires de cambio. Como dijo en su discurso inaugural: “… existe un clamor que exige un cambio profundo en la forma en que el país se gobierna y se administra”. El norte que guiará su gobierno lo resume en la búsqueda de eficiencia y eficacia en el uso de los recursos públicos, a través de la austeridad y la transparencia, para generar oportunidades para todos los costarricenses, pero sin dar dádivas a nadie. Creo que nadie puede estar en contra de esos objetivos, y debería ser el deseo de todos para que se cumplan.

Para lograr avanzar, Solís hace un llamado al diálogo, para “… superar las contradicciones que han impedido que Costa Rica cambie de lugar, estancándola”. Esas contradicciones las define como parte intrínseca del modelo económico basado en crecimiento, pero que ha generado desigualdad y pobreza. Dice, además, que esas contradicciones vienen de “… la falta de voluntad para negociar de buena fe, superando los miedos del pasado reciente, escuchándonos con respeto y colocando el bien común por encima de los intereses particulares o gremiales”.

He ahí el meollo del asunto. Para lograr el cambio, se debe anteponer el “bien común” a los intereses particulares. Pero usualmente sucede lo contrario. Los gobernantes tienden a ceder ante la presión de grupos pequeños, mientras la mayoría calla y se siente impotente. Esa dinámica, llevada al extremo, originó la crisis económica más grave de la historia de este país, a inicios de los ochenta. Las crecientes dádivas a los grupos de interés eventualmente llevaron al Estado a la quiebra.

Lo malo es que esa práctica no se ha detenido. Lo leemos constantemente en reportajes en este periódico: el arroz en Costa Rica es el sétimo más caro del mundo y el subsidio se concentra en pocas manos; los regímenes de pensiones con cargo al presupuesto están a punto de colapsar, por beneficios desproporcionados de unos pocos; pluses salariales de empleados públicos que crecen automáticamente año con año.

Coincide la alusión a este tema con la muerte esta semana del premio nobel de economía, Gary Becker. En su artículo de 1983, “Una teoría de competencia entre grupos de presión por influencia política”, Becker define las características de los grupos de presión exitosos. Estos son usualmente pequeños en número, lo que les permite ser más eficientes en organización y controlar mejor cómo se reparten la ganancia. Al contrario, la oposición suele ser grande en número y dispersa, por lo que es poco efectiva oponiéndose.

Luchar contra esas fuerzas, sin ceder a la presión, no es fácil. Para ello, el presidente necesita de nuestro apoyo. Al final de cuentas, nosotros somos los que pagamos los platos rotos de la fiesta de unos pocos mediante mayores impuestos o precios más altos de productos y de servicios públicos.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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