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Actualizado el 21 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Así empieza la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, escrita por el papa Francisco, el nuevo Papa que ha traído una visión refrescante de la vida, especialmente para los católicos, pero también para el mundo en general.

El Papa nos exhorta a que vivamos el Evangelio de la alegría. Para ello, debemos evitar el riesgo de caer en “… una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. El problema se da “… cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”.

Y es que el corre-corre diario en que vivimos nos tiende a absorber. Nos afanamos en buscar nuestra propia felicidad a través de lo mundano: mi trabajo, mi posesión de bienes materiales, el bienestar de los que me rodean, sin importar mucho el resto. Es la búsqueda de la alegría a través del tener, no del ser. Es la tendencia a pedir mucho más de lo que estamos dispuestos a dar. Se nos olvidan las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos, 20:35).

Y eso está más que demostrado. En un estudio reciente, realizado por unos psicólogos de la Universidad de Columbia Británica, se encontró que un grupo de niños a los que se les pidió regalar sus premios se mostraron más contentos por compartir sus posesiones.

Menciona el estudio que se puede generar un círculo virtuoso entre el gasto altruista y la felicidad. La gente recuerda con felicidad los momentos en que dieron algo por generosidad.

Y eso es cierto. Solo me basta con ver la cara de felicidad que pone mi papá cuando da un regalo y la persona que lo recibe está a punto de descubrir qué es. ¡No tiene precio!

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Nada más propicio que esta época de Navidad, en que acostumbramos dar regalos, para retomar ese camino a la felicidad. Es volver a vivir con alegría la buena nueva que nos trajo Jesús. La alegría de dar, más que de recibir. La alegría de estar a disposición de los demás, más que esperar que otros se hagan cargo.

Es poner nuestro granito de arena para iniciar un círculo virtuoso: dar con ternura y amor para crear alegría en los demás, que genera esperanza de una vida mejor para todos.

Si viviéramos el Evangelio de la alegría todo el año, y no solo por unos cuantos días –ahora que está a punto de terminar–, el mundo sería otro.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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