Opinión

letras de cambio

Actualizado el 30 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Opinión

letras de cambio

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Nos hemos enredado en los mecates. El funcionamiento del Estado, y de todo el país, se ha vuelto una maraña muy compleja.

Luego de la grave crisis económica de inicios de los ochenta se adoptaron políticas para reducir el tamaño del Estado. Las restricciones presupuestarias llevaron a recortes de personal y congelación de salarios. Con el tiempo, aparecieron las convenciones colectivas, que introdujeron los “pluses” para compensar el “bajo” crecimiento de los salarios. Hoy en día, los empleados públicos ganan 23% más que los del sector privado para posiciones similares. Por eso no alcanza la plata para invertir en infraestructura, y ahora urge una reforma fiscal para balancear el fisco.

Para evitar que los políticos despidieran funcionarios públicos de carrera cada cuatro años, para ellos contratar a los “pegabanderas”, se han puesto fuertes restricciones al despido. Ahora los empleados públicos son prácticamente inamovibles, aunque hayan cometido una falta gravísima.

Las restricciones para contratar personal en el Gobierno han llevado a la creación de nuevas instituciones, al margen de los controles de la Autoridad Presupuestaria. Hoy en día existen centenas de instituciones públicas y semipúblicas, de las cuales el Gobierno ni sabe cuánto personal tienen, ni si cumplen con los objetivos encomendados.

A las empresas públicas e instituciones autónomas se les ha dado cada vez más independencia, con el fin de evitar su politización. Pero hoy se han convertido en “republicas independientes”, que no le rinden cuentas a nadie de lo que hacen, cómo lo hacen y cómo usan los recursos.

Con el fin de evitar la corrupción, se han ido introduciendo cada vez más controles. Hoy en día, los funcionarios públicos tienen miedo a tomar decisiones, ante la amenaza de ir a la cárcel si se equivocan. Como no existe castigo por no hacer nada, el Estado se paraliza.

Nos fijamos mucho en los derechos, pero no en los deberes. Por eso, la Sala III ha dicho que no se les pueden imponer restricciones a las apelaciones que quiera hacer el perdedor de una licitación. Aunque el reclamo no tenga fundamento, la obra se detiene. Los costos de los atrasos en la ejecución de las obras los pagamos todos, mientras que el empresario que apela sale campante.

PUBLICIDAD

En fin, no me alcanza el espacio en esta columna para enumerar la gran cantidad de ejemplos de lo enmarañado que está el país. Ni siquiera he mencionado a la Sala IV, ni al Setena, ni a la Asamblea Legislativa. Lo peor de todo es que, por cada enredo que hay, aparece alguien por ahí diciendo que lo solucionará con otro nudo más. Me gustaría saber quién es el buen desenmarañador que desenmarañará esta maraña.

  • Comparta este artículo
Opinión

letras de cambio

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

Ver comentarios
Regresar a la nota