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Actualizado el 29 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Las marchas de protesta del martes pasado no fueron tan concurridas como algunos auguraban. Los grupos estuvieron muy dispersos, tanto en sus peticiones como en las aglomeraciones. Encima, la lluvia de la tarde diluyó aún más a los manifestantes. Al final de cuentas, como bien dijo Jorge Vargas en su columna Enfoques de este jueves: “ No hubo golpe contundente…” . A pesar de ello, no hay que desestimar los movimientos de protesta que se están gestando. Cuando el rio suena, piedras trae.

Aunque es difícil puntualizar los objetivos de las manifestaciones, ya que había un popurrí de reclamos, se nota un sentimiento de indignación. Estos movimientos se parecen mucho a los de los “Indignados” del año pasado en Europa. La gente está enojada porque siente que no recibe lo que cree que debería recibir. Siente frustración porque cree que su nivel de vida debería mejorar, pero la economía no le ayuda. Siente enojo porque cree que el gobierno debería ayudar mas, pero no lo hace bien. Siente rabia contra los políticos, porque prometen mucho, pero no cumplen y, más bien, se dedican a robar. Sienten que unos pocos se beneficien, mientras el resto vive cada vez peor.

Muchos de los reclamos están asociados con la percepción de que los políticos son corruptos. De ahí que la propuesta de solución de algunos sea la de cambiar a los políticos actuales por otros que sean verdaderamente honestos. El pensamiento es que si se cambia la cabeza, el resto del cuerpo se comportará igual que su líder. Eso seria lo ideal, pero un tanto iluso. Muy difícil que eso se de mientras exista la tentación del poder. Entre más grande sea el Estado, entre más involucrado esté en muchas actividades, y ojalá que las haga de manera monopólica, sin estorbos, mejor será para los que están en el poder. En esas circunstancias, los que llegan a puestos de poder terminan contaminándose de esas ansias de tener aun más poder, aunque nunca antes hayan sido políticos.

En lugar de pedir más acción del Estado, los movimientos de protesta deberían pedir menos poder monopólico para el Estado. Deberían solicitar una mayor dilución del poder político, más descentralización. Deberían abogar por una mayor participación ciudadana en las decisiones políticas. Por ejemplo, a través del referéndum. Por otro lado, es imperativo fortalecer las instituciones de control. Con eso se reduciría el riesgo de abusos de poder y de corrupción. Se podría evitar otro caso como el de RECOPE con la refinería. Se minimizaría la posibilidad de que grupos de presión busquen beneficios para unos pocos en contra de los demás. Y se reduciría la posibilidad de esos “dedazos” tan costosos de funcionarios públicos.

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Luis Mesalles

Obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio-consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada.

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