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De la lengua

Actualizado el 21 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Es una suerte que la mayoría de nuestros veinte lectores sean muy inteligentes, y los tres restantes, simplemente distraídos. Los primeros nos enseñan cosas nuevas y los segundos nos muestran una consideración, distraída, es cierto, pero tranquilizadora. La semana pasada, la premura nos llevó a usar una expresión derivada de la palabra “pachuco” y cometimos el error de señalar que, para el caso, escribíamos en español tico-mexicano. Un brillante lector hizo mofa de nuestra opinión porque, a su manera de ver, el español tico-mexicano no existe y en eso tiene toda la razón. El cine y la televisión mexicanos no han influido para nada en el habla costarricense: no existe una sola palabra o frase que se haya incorporado al habla “tica” por esa vía. Pedimos perdón por la pifia… claro, no sin antes preguntarnos cuántos días de cada mes nuestro corrector se pasa sin pronunciar una sola vez la expresión “pura vida” que, sabemos, se originó en Barrio México.

A propósito de gallo pinto, recordamos que un amigo de la zona oeste del área metropolitana se lamentaba de que sus hijitas, en vez de buscar las chancletas o las sandalias, buscaran las “chinelas”. Resolvimos el problema recomendándole que, en vez de “chinas” o cuidadoras nicaragüenses, contratara gobernantas suizas. Y que no se embarcara con cubanas porque en mi adolescencia, en Cuba, también usábamos chinelas en lugar de sandalias. Santo remedio.

Cuando todavía no pensábamos en la presión arterial ni en la glicemia, hacíamos algo de activismo en la “juventud” de un partido político y el asunto nos resultaba a veces muy divertido. De buenas a primeras, los altos –y los bajos– dirigentes del Partido (puño en alto, por favor) dieron en autodenominarse “los ayatolas”. Y lo decían en serio. Recuerdo muy bien la vez en que un dirigente de provincias nos anunció solemnemente que tenía que dejarnos porque “los ayatolas nos reunimos dentro de un cuarto de hora”. Tan pronto como salió del cuchitril donde los jóvenes nos reuníamos estalló una euforia clasificatoria que transformó durante años la nomenklatura del Partido. En diez minutos, el idioma persa nos dio para definir, entre otras, las siguientes categorías: ayatolazos, ayatolarras, ayatolas, ayatolillos y… atoyados. En estos días, obligados por el médico a no chirotear, comenzamos a revisar aquella antigua taxonomía y nos preparamos para refinarla a partir del Estado multiconfesional que nos quiere recetar el gobierno del PAC (por Dios, que a nadie se le ocurra usar la “bala laica”).

Esperamos mejores resultados que los de las mesas de diálogo o de las juntas de notables.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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