Por: Juan Carlos Hidalgo 11 abril, 2016

A una semana de la controversia sobre los Papeles de Panamá, estas son algunas lecciones que, a mi parecer, podríamos sacar del asunto:

“Hecha la ley, hecha la trampa”. Si hay un área donde este adagio es incontrovertible es en materia tributaria. Nuestra legislación es altamente compleja, al punto que, de acuerdo con el Informe de Competitividad Global (ICG), se trata del sexto factor más problemático para hacer negocios en Costa Rica.

La cruda realidad es que la gente de más recursos siempre podrá echar mano de los mejores contadores y abogados para que exploten los recovecos legales y les disminuyan sus facturas impositivas. Una legislación tributaria sencilla, con pocas o nulas exenciones, tasas uniformes y que grave todos los ingresos de manera global es la mejor respuesta al problema percibido de que los ricos se brincan la ley.

“No hay nada más cobarde que el capital”. Pero el asunto no acaba ahí. Si el país tiene un sistema tributario sencillo pero con elevadas tasas impositivas, el efecto será igualmente contraproducente. Los altos impuestos son el segundo factor que más mina nuestra competitividad, según el ICG. Como señala el informe Haciendo Negocios del Banco Mundial, en Costa Rica la carga tributaria total sobre las ganancias de un empresario es del 58%, superior al promedio de los países de la OCDE (41,2%) e incluso al de América Latina (47,7%).

La nuestra es una economía abierta y sin controles de capital. Sacar dinero es relativamente sencillo –y debería serlo–. La evidencia mundial muestra que, ceteris paribus, el capital prefiere los países con bajos impuestos a aquellos con tributos más altos. Si queremos reducir los incentivos a la evasión, deberíamos optar por tasas impositivas bajas y competitivas. Es la mejor manera de garantizarnos que el dinero se quede en el país y tribute ahí.

Juego del gato y ratón: La solución para algunos radica en introducir la renta mundial, de tal forma que el fisco pueda gravar los ingresos de los costarricenses generados en el extranjero. En su forma más pura (Tributación sale a pescar platas afuera), es un ejercicio muy complicado y probablemente inútil, más cuando el Estado ni siquiera puede recaudar bien los impuestos dentro del país. En su versión simple (se cobra cuando se repatría el dinero), la consecuencia previsible es que la gente mantendrá su plata fuera.

En resumen, optemos por un sistema con impuestos bajos, sencillos y fáciles de cobrar.

Juan Carlos Hidalgo es analista sobre América Latina en el Cato Institute con sede en Washington. Cuenta con un BA en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional y una maestría en Comercio y Política Pública Internacional del George Mason University.