Por: Luis Mesalles 14 noviembre, 2015

Las buenas intenciones terminan a veces en efectos nocivos. Por eso, ser bien intencionado no es suficiente, también hay que saber medir las consecuencias de los actos. Este es el caso, por ejemplo, de los diputados en el momento de aprobar leyes para ayudar a sectores específicos.

Los legisladores reciben miles de peticiones de gente que desea apoyo para su causa. En ocasiones, la petición va dirigida a beneficiar a personas con alguna desventaja física, económica o social, muy marcada.

En otras, se busca para cierta zona del país en condiciones poco aptas para el desarrollo económico. No faltará quien pida, en nombre de grupos de productores, protección para su actividad, y con ello compensar otros factores que les impiden prosperar.

Como estos hay muchos otros ejemplos de causas muy nobles que llegan a los diputados, y estos se abocan a hacer su mayor esfuerzo para ayudar a aquellos que lograron enternecer sus corazones.

Una práctica común es la de “amarrar” la ayuda mediante la aprobación de un nuevo impuesto, cuyo destino específico sea el grupo con el cual los diputados se solidarizan. Así, piensan ellos, tendrá financiamiento perpetuo.

Pero los posibles efectos nocivos de dicha aprobación no son medidos, o ni siquiera se toman en cuenta del todo. Por un lado, aunque se piense que un pequeño impuesto no hace daño a nadie, un montón juntos suman dinero. Esto implica encarecer el costo de vida y el de producción. Además, es más difícil administrar la recaudación de muchos impuestos pequeños, por ende, la recaudación final del nuevo tributo podría ser menor que las necesidades planteadas en el proyecto por apoyar.

Entonces, ¿de dónde saldrá el dinero para completar el proyecto? Si fuera al revés (se recauda más de lo esperado), ¿adónde irá a parar el dinero adicional? En todo caso, cuando el ingreso está asegurado, suele suceder que no se cuidan bien los recursos y se producen grandes desperdicios.

Con esta práctica, los diputados obligan, además, al gobierno de turno y a los futuros a gastar perpetuamente en causas que no necesariamente son, o serán, su prioridad. Incluso, aunque dichas causas pierdan vigencia con el tiempo, el Gobierno se verá obligado a seguir gastando en ellas. En este caso, el desperdicio es monumental.

En momentos en que se discuten varias formas de solucionar la mala situación fiscal del país, los diputados deben abstenerse de aprobar nuevos impuestos dirigidos a causas específicas. Por más nobles y enternecedoras que sean.

Luis Mesalles obtuvo su doctorado y maestría de Economía en The Ohio State University y su bachillerato en Economía en la Universidad de Costa Rica. Actualmente, es socio consultor de Ecoanálisis y gerente de La Yema Dorada. Participa en varias juntas directivas. Anteriormente, fue vicepresidente de la Junta Directiva del Banco Central de Costa Rica, presidente de Academia de Centroamérica, profesor en la Universidad de Costa Rica y en la Universidad Stvdium Generale.