Por: Jorge Guardia 16 agosto, 2016

En la universidad nos aleccionaban sobre la tenaz lucha obrero-patronal. El mensaje, casi siempre, era que los trabajadores (los más), debían someterse a los dictados de los patronos (los menos) para no engrosar el ejército de parados. Hoy, las cosas han cambiado. Asistimos a una rebelión laboral muy distinta, capaz de revertir las tensiones.

La rebelión es universal, aunque, de momento, solo involucra a un tercio de la fuerza laboral. En Costa Rica, la nueva matriz insumo-producto denota un cambio en la estructura del PIB. Pasamos de la siembra manual, industria incipiente y comercio de pulperías, a la agricultura mecanizada, trasiego virtual, finanzas e industrias con tecnología de punta, todos alimentados por servicios liderados por una nueva clase de trabajadores: los millennials .

Ellos son, en general, inteligentes y astutos (que son dones distintos), muy diestros para aprender y dominar nuevas tecnologías (las maman en la cuna) y están mejor preparados que sus ancestros. Basta con contemplar a los chicos pueblerinos o de ciudad desplazándose desafiantemente a lo largo y ancho de su celular, con mucha seguridad (y asombro de sus desactualizados progenitores), para darse cuenta a dónde irán a parar. Al incorporarse a la fuerza laboral saben bien lo que son y cuánto valen. Y eso los hace sentirse muy “culazos” a la hora de escoger (no de pedir) trabajo.

Según ManpowerGroup, el salario no es lo único que prima en la contratación de los millennials. Aspiran a beneficios adicionales, oportunidades de capacitación, desarrollarse profesionalmente y tiempo libre para viajar, estudiar o relajarse. La estabilidad laboral no es lo más relevante, pues saben que hay otras oportunidades de trabajo dando vueltas en ese nuevo mercado. Dieron vuelta a la medalla. Antes, el trabajador debía ajustarse al patrono para mantener su trabajo; hoy, es el patrono quien debe seducir (en el buen sentido) para retener al trabajador.

Las leyes laborales cumplieron su función histórica de proteger al trabajador, pero fue la revolución digital la que en realidad los redimió. Los catapultó a similares niveles de empoderamiento. Pero que no se les suba a la cabeza. El tren de la historia no se detiene ahí. La mayor educación tecnológica –niña mimada de los políticos– llegará a incrementar la fuerza de trabajadores calificados, quizás por encima de las necesidades empresariales. Entonces, las oportunidades mermarán, los salarios tenderán a equilibrarse y renacerá la incesante lucha laboral, aunque algunos no vivamos para contarlo.