Por: Armando González R. 22 mayo, 2016

La clave del dominio político chavista consistió en crear una falsa identidad entre el voto y la democracia. Esta última es mucho más que el ejercicio del sufragio. Exige mecanismos para la protección de las minorías, los derechos humanos y las libertades públicas. No se vota sobre la libertad de prensa o la discriminación racial, tampoco sobre el derecho a organizarse con fines políticos.

Pero el chavismo redujo la democracia al ejercicio del sufragio y, con sus mayorías iniciales, impuso cortapisas a las libertades y a los derechos fundamentales. Las mayorías salidas de los comicios legislativos aprobaban las limitaciones y no había un poder judicial apto para impedirlo, porque los magistrados deben sus nombramientos a las mismas mayorías parlamentarias.

Faltaba, pues, el andamiaje institucional necesario para preservar las garantías indispensables de la democracia, en cuya virtud todo ciudadano tiene derecho, por ejemplo, a difundir una opinión aunque el resto del mundo la considere inaceptable y esté dispuesto a votar para proscribirla.

Cuando el chavismo temió la pérdida de sus mayorías, todavía conservaba margen de maniobra. En las elecciones parlamentarias del 2010, el Consejo Nacional Electoral, fruto de las mayorías de otros tiempos, redefinió los circuitos electorales para diluir las zonas de fuerza opositora en los bastiones oficialistas. Así, el chavismo obtuvo el 48,13% de los votos, pero ganó el 59,39% de los escaños. La minoría se tradujo en holgada mayoría parlamentaria.

El año pasado, la minoría chavista se hizo más pequeña y la treta del 2010 no pudo impedir la avalancha de apoyo a la oposición, ahora poseedora de grandes mayorías en las urnas y en el Parlamento. Como por arte de magia, el chavismo dejó de creer en las mayorías y aplicó discutibles medios institucionales para nombrar magistrados y otros altos cargos en el estrecho lapso entre la derrota y la toma de posesión del nuevo parlamento. Fueron los últimos réditos de las mayorías hace tiempo perdidas.

Otrora aficionado a los referendos, el chavismo minoritario hace hasta lo imposible para no celebrarlos. Abandonó la coartada tan hábilmente construida a partir de la falaz asimilación del sufragio con la democracia y la OEA se ve obligada a recordarle a Nicolás Maduro el deber de consultar al pueblo sobre su presidencia. En otros tiempos lo hubiera cumplido con gusto para luego alegar un mandato mayoritario contra la institucionalidad democrática.