Por: Eduardo Ulibarri 21 septiembre

Es la mujer más poderosa del mundo, pero no se considera feminista. Muchos la ven como virtual salvadora del sistema liberal internacional y contrapeso indispensable frente a Donald Trump y Vladimir Putin, pero ella elude las pretensiones de liderazgo global. Su rectitud y rigor son proverbiales, pero también la depurada habilidad para adaptar sus posiciones a las tendencias del electorado, sin llegar al oportunismo.

Cuando abrió las puertas de su país a casi un millón de refugiados, parecía que su reelección sería imposible. Sin embargo, a menos que ocurra un colapso político, este domingo Ángela Merkel y los partidos “hermanos” que la acompañan (el Democristiano y el Socialcristiano bávaro) alcanzarán los votos necesarios para encabezar una coalición que renueve su mandato como canciller de Alemania.

Con 12 años en el cargo, bastarán dos más para que supere el récord de permanencia establecido por Konrad Adenauer, el visionario padre de la ejemplar democracia que se elevó sobre las tóxicas cenizas del nazismo. A Adenauer puede atribuírsele, sin duda alguna, el carácter de estadista; a Merkel, no tanto. La suya ha sido una misión en extremo compleja y plagada de retos, pero menos apegada a una gran visión que a una tenaz y pragmática capacidad de reacción y adaptación, asentada en valores. Es lo que las circunstancias le han exigido.

Por deber se arriesgó a acoger la mayor avalancha de refugiados conocida por la Europa de posguerra; al final, triunfó la solidaridad humana y se consolidó su fuerza política. Por convicción y realismo geopolítico, ha dirigido con éxito la reacción ante el intervencionismo de Putin en Ucrania y sus amenazas más extensas. Por principios y deber histórico se enfrentó a la extrema derecha exclusionista, que acudirá anémica a las urnas.

Que el electorado alemán, según indican todas las encuestas, haya desoído los cantos de sirena de los extremos e, incluso, relegado a un distante segundo plano a su impecable rival socialdemócrata, Martin Schulz, no se debe solo a las aberraciones de los primeros y la débil identidad del segundo. Tan importante o más es la fuerza de Merkel. Se trata de toda una hazaña, tan admirable como esperanzadora, en particular para el futuro de Alemania y Europa. Y esto es mucho decir.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).