Por: Jaime Daremblum 18 abril

Kim Jong-un, jefe supremo de Corea del Norte, posee una cualidad que es clave para comprender su poder indisputable en el gobierno, las fuerzas armadas, los estratos oficiales y su pueblo. No se trata tan solo de su papel vitalicio como el déspota temido y árbitro absoluto de lo que ocurra en su sojuzgada patria.

Nos referimos más bien al hecho central de que Kim Jong-un, al igual que su padre y su abuelo en sus épocas, es venerado como una deidad. Solo así puede explicarse el fervor que suscita en los oficiales que pululan a su alrededor, en las masas, en las horas buenas y las malas. Los errores se desconocen y los logros se aplauden. Y la ideología, que nadie la entiende, es la base doctrinaria del exótico Estado.

En días recientes, la presencia norteamericana en la zona comenzó a provocar recelos. Como señal de la independencia del régimen frente a la potencia estadounidense, las pruebas de cohetes y nuevos equipos armados se han intensificado. Asimismo, novedosos misiles, complemento obligado del poder nuclear que ostenta la nación, ruedan por las principales vías para recibir el aplauso de las masas. Hace un par de días, una prueba de equipos falló, pero no hizo mella en la adoración popular. Realizar encuestas sería inconcebible además de intrascendente para el amor filial al líder supremo.

En este mismo tema, la idea circulada en Washington de una nueva ronda de negociaciones con el norte, no alzó vuelo. Y remoto sería que fuera acogida, a la luz de la lamentable historia de tratos fallidos desde décadas atrás. A la administración Bush padre, y después a la de Clinton, los norcoreanos empeñaron su promesa de descontinuar el desarrollo atómico a cambio de alimentos y ayuda económica. No solo no cumplieron el compromiso, sino que prosiguieron los experimentos en secreto en las barbas mismas del Tío Sam.

Desde luego, una recaída nunca extraña, pero a estas horas la prensa, los think-tanks y la ciudadanía ya no están para ese tipo de bromas. El presidente Trump confía en los buenos oficios chinos para persuadir a los ahijados en Pionyang de no meterse en mayores líos. Pero, quizás ese optimismo de Trump sea una nota salvadora porque en unas semanas o meses las “Torres Trump” en Pionyang serán portadoras de excelentes augurios para el supremo líder, como lo han sido para el sultán turco.