Por: Jorge Vargas Cullell 25 junio, 2015

Si me pongo anteojeras, el mundo es muy sencillo y se reduce a una lucha de buenos contra malos, ellos contra nosotros, decentes versus ralea. Resulta pan comido juzgar de qué lado está la gente: basta chequear su grado de acuerdo conmigo. Si para coronar, propongo que “ellos” nos tienen arrinconados, planto las semillas de un potente discurso político que más o menos va así: “Señoras y señores, en el tema ______(llene el espacio en blanco) somos víctimas del mal. ¡Ni un paso atrás: a ellos, ni agua!"

Con anteojeras puedo agarrar cualquier problema público y hacer las de Julio Iglesias: cantar siempre igual y triunfar, una fórmula infalible a la hora de tratar asuntos complicados como los boleros del déficit fiscal, los tangos del ordenamiento territorial, las sinfonías del cambio climático, el merengue de la crisis de los aguacates y las óperas del Medio Oriente.

El secreto es reducir todo a un argumento binario y no salirse de ahí. Consejo gratis adicional: liquide todo atisbo de disidencia emplazando a dudosos con un “si usted piensa ______ (llene el espacio), entonces le hace juego a ellos”. Nunca conceda nada, la razón se tiene o no se tiene.

Los discursos de las anteojeras son todoterreno: sirven para barricadas de derecha y de izquierda, para descubrir conspiraciones, incendiar redes sociales y matar malos. Nos permiten sustituir la realidad por el mundo paralelo de la lucha épica contra las mil formas del mal. Lo más atractivo es que ni siquiera hay que conocer lo que piensan “ellos”: basta con etiquetarlos y descalificarlos de cuajo. Beautiful, isn't it?

Las anteojeras son veneno para democracias modernas que, como la costarricense, enfrentan dilemas sin solución fácil que implicarán sacrificios compartidos y aceptar cosas que no nos gustan. Vean ustedes: el déficit fiscal implica medidas simultáneas por el lado de los ingresos, el gasto público y la administración tributaria que hacen indispensable una transacción política. No hacer nada tiene un costo altísimo. (“¡Ah no: solo juego bola si hacen lo que quiero!”). Una sentencia internacional obliga a este país de leyes, que requiere del buen funcionamiento del derecho internacional para sobrevivir como nación, a permitir la fecundación in vitro (“al diablo con el Estado de derecho: no comparto la sentencia”).

Y así estamos en muchos otros temas: reduciendo todo a denuncias, vetos, acusaciones y amenazas. Los discursos de anteojeras crispan el ambiente y, al impedir los acuerdos políticos, terminan empantanando las cosas.

(*) Jorge Vargas Cullell es politólogo. Realiza gestión de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y Master en Resolución Alternativa de Conflictos, de la Universidad de Notre Dame (EEUU); y Licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica. Ha escrito numerosos libros y artículos sobre temas como calidad de la democracia, actitudes políticas y reforma del Estado.

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