Por: Jaime Daremblum 17 junio, 2015

La historia es guía y custodia de millones de archivos sobre las traiciones políticas. Por ejemplo, en los tiempos distantes de Roma, los nobles instigados por Marco Bruto y Casio se confabularon para asesinar a Julio César. Los motivaba la amenaza que representaba el poder acumulado y creciente del popular líder.

El momento escogido fue una sesión del foro romano. Según la versión de Shakespeare, los conjurados abrazaron al emperador, momento que Marco Bruto aprovechó para hundir su puñal en el pecho del personaje. Las traiciones, una maldición milenaria…

Esto nos trae a un sonado episodio ocurrido el viernes en el Capitolio en Washington. La Casa Blanca había solicitado una reunión esa mañana para el presidente Barack Obama con el bloque de representantes demócratas. La líder de la bancada, Nancy Pelosi, se encargó de organizar la actividad.

El mitin era también una rara incursión de Obama en los indescifrables pasillos del Capitolio, aunque habría preferido el teléfono y el golf para torcer los brazos de los disconformes.

El tema central de estos preparativos era una petición directa de apoyo a la bancada que el presidente deseaba formular antes de la sesión ese mismo día, cuando se votaría la autorización de la vía rápida para un convenio comercial aperturista con doce naciones del Pacífico, sobre todo de Asia. Este acuerdo sería una toga de estadista para el mandatario ya casi saliente y, sobre todo, una movida estratégica para afianzar el liderazgo norteamericano en una zona bajo la sombra de China.

Llegado el momento legislativo, ese mismo viernes, la moción fue derrotada debido a un motín en la bancada demócrata de la cual Pelosi resultó ser copromotora. El proyecto ya había sido aprobado por el Senado y pocos dudaban que finalmente sería votado y aprobado por la Cámara. Sin embargo, ¿qué había ocurrido ese viernes? Los informes dicen que algunos congresistas, incluida Pelosi, deseaban “cariño”, sí, el calorcito de un precio. La misma Pelosi ha querido que un proyecto de infraestructura para su distrito electoral provenga de la Casa Blanca.

En resumen: confluyeron las tensiones tradicionales entre poderes con choques ideológicos nutridos por las cambiantes posiciones de Obama, ayer hermano de los grandes sindicatos y el proteccionismo y hoy gladiador por el libre comercio. Sumemos el desgaste y el descuido de las relaciones de la Casa Blanca con el Capitolio y tenemos un cuadro más realista.

Pero en lo que no hay duda es en que Nancy tiene ante sí la monumental tarea de recomponer su relación con Obama. De eso depende para enjuagar en algo su doblez y quizás seguir en las grandes ligas.