Por: Fernando Durán Ayanegui 8 mayo, 2016

Podemos afirmar que un episodio es la imagen del otro. Uno ocurrió dentro de un restaurante, en una capital de Europa, y el otro, en un acuario de Estados Unidos. Uno muestra una arista sórdida de la política y el otro es lo mismo, pero en la forma de una metáfora urdida por la naturaleza.

Hace algunos años, el testigo del primero estuvo a distancia de escuchar involuntariamente cuanto se hablaba en una cena a la que asistían varios funcionarios de un gobierno europeo y un ministro centroamericano a quien acompañaban su esposa y un diplomático de su país.

El ministro se prodigaba en denuestos contra su propio presidente. Es muy probable que el gobernante difamado mereciera los estigmas, pero al fin y al cabo él era quien había elevado, a su ahora difamador, al rango de ministro; lo cual, como era predecible, provocó una irónica y sutil reconvención de parte de uno de los anfitriones: “Pero, señor ministro, ¿se refiere usted a su presidente, miembro eminente del mismo partido político en el que usted milita y a quien usted le debe lealtad por ser su colaborador?”.

El zafio centroamericano se percató de su gaffe y, aun cuando pudo haberse sincerado alegando que recientemente había habido elecciones en su país y estas habían sido ganadas por el partido del gobierno, razón por la que si quería conservar sus posibilidades de continuar formando parte del gabinete le era indispensable comenzar a desacreditar a su benefactor, no lo hizo. “La política es así”, pudo haberse justificado, pero no se atrevió a ir tan lejos en su infamia y prefirió replegarse hacia un embarazoso silencio.

El otro episodio lo relató un científico español después de presenciar en el acuario la exhibición de tiburones. Un pez de gran tamaño, pero menor que los escualos, llevaba cuatro años nadando a pocos centímetros y, literalmente, a la sombra de un tiburón tigre. No se trataba de una asociación simbiótica convenida, sino de una conducta dictada por el miedo.

El pez pequeño había sido uno de media docena de ejemplares introducidos cuatro años atrás por unos cuidadores optimistas que se equivocaron de plano: en un día desaparecieron todos los recién llegados, excepto el que ahora nadaba, sigiloso, debajo de la fiera, único lugar en el que se intuía a salvo.

El relator no dijo más, pero estamos seguros de que, si tras aquellos cuatro años de tensión infernal apareció un tiburón más grande y feroz, el aterrorizado pez corrió –nadó– hasta ubicarse debajo de un vientre más voluminoso, más seguro.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector de la UCR en 1981.