Por: Jorge Guardia 8 diciembre, 2015

Da grima contemplar cómo algunos periodistas, economistas y otros congéneres se solazan con la reticencia de ciertas instituciones financieras a ajustar las tasas de interés, en un ambiente de baja inflación. Parecieran anidar algún sentimiento ajeno al bienestar del país.

Una de las razones esgrimidas para no bajarlas es que las expectativas de inflación son altas. En junio del 2015 la ABC explicó que “una variable importante en la formación de las tasas de interés es la tasa esperada de inflación, y el BCCR ha señalado que la reducción ha sido muy modesta”. El BCCR, en un pronunciamiento titulado Reducción de tasas de interés en el primer semestre del 2015, aclaró que sí habían bajado. Yo constaté que sí, pero no lo suficiente y aún se mantienen muy alejadas de la realidad.

Ahora se aduce, una vez más, que las expectativas de inflación se mantienen elevadas y no procede tampoco bajar más las tasas nominales de interés porque las tasas reales, calculadas con base en las expectativas, no han subido tanto. Yo no lo veo así. Las expectativas de inflación, registradas en la encuesta mensual que recopila el BCCR, no reflejan la realidad. Invariablemente sugieren una inflación futura muy ajena a la que, posteriormente, se verifica en la realidad. Uno acepta que las encuestas se equivoquen, pero no siempre ni por tanto.

Tengo a la mano un gráfico que recoge las expectativas de inflación de enero del 2010 hasta noviembre del 2015, y la variación interanual del IPC. De las 71 mediciones, se equivocaron 69 veces. En enero del 2010 la inflación fue un 5,34%, pero las expectativas eran un 7,23%; en mayo del 2011 la inflación fue un 4,68% y las expectativas, el 7,31%; en abril del 2014, la inflación fue un 3,63% y las expectativas el 6,90%; y en noviembre del 2015, la inflación fue un -0,86 y las expectativas un 4%. Esa metodología, equivalente a lo que pudo haber sido y no fue, falsea el verdadero nivel de la tasa real en todos estos años.

Aunque algunos se incomoden, las tasas reales siguen siendo elevadas. Si usáramos las expectativas de inflación del FMI para el 2016 (2%), la tasa básica pasiva real rondaría el 3,95% y habría espacio para reducir las nominales, mantener una razonable remuneración real a los ahorrantes y ajustar la carga a los deudores que han visto incrementar sus cuotas reales. Dicho esto, concuerdo en que la situación podría variar si Hacienda no consigue un nuevo financiamiento externo o un acuerdo político para reducir el déficit. Pero sería por un eventual estrujamiento fiscal y no por el análisis de las tasas reales de interés.

Jorge Guardia es abogado y economista. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es, además, profesor de Economía y Derecho Económico en la Universidad de Costa Rica.