Por: Fernando Durán Ayanegui 7 junio, 2015

En los discursos de los políticos se identifican dos modelos histriónicos. El primero consiste en la lectura de un texto, por lo regular escrito por otra persona, sobre cuyo tema el orador no sabe nada y al final del cual el público aplaude la maestría de un declamador y no las ideas que pudieron haber emanado de un cerebro. Se dice, entonces, que habría dado lo mismo que el político recitara un soliloquio de La vida es sueño sin acreditárselo a Calderón de la Barca.

En el segundo, se le ofrece al público, como si fuera improvisación, una comedia ideada por los asesores de imagen del político para que este la protagonice intercalando alguna ocurrencia que no le reste credibilidad a lo que se intenta proponer.

Para que el primer modelo funcione se requiere que el orador posea buena dicción, no sea disléxico y cargue una cara tan dura como el mármol; para el segundo, el político-actor no puede darse el lujo de una mala memoria, pues si olvida los detalles que modifica en uno de sus discursos, podría contradecirse en los siguientes, algo que, en estos tiempos del selfie y del video subrepticio, equivale a una zambullida en el ridículo.

Los políticos de la primera laya resultan generalmente aburridos, pero entre los de la segunda se pueden rescatar algunas anécdotas divertidas. En España, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, tuvo el infortunio de que fueran filmados varios de sus discursos de campaña, pronunciados en localidades diferentes, en los que fingió –aconsejado seguramente por sus expertos en imagen– improvisar un comentario sobre una supuesta conversación con la madre de una “joven mujer de treinta y cinco años de edad llamada Valeria”.

Que sepamos, lo hizo en Santiago y Badajoz (Extremadura), Calasparra (Murcia), Durango (País Vasco), Albacete y Ponferrada (Castilla-La Mancha) y Alcorcón (comunidad de Madrid). Aparte de la oportunidad que nos dio de hacer un sólido repaso de la geografía ibérica, notamos que dentro de las siete versiones del cuento no hubo dos que fueran idénticas, por lo que el efecto humorístico global fue desternillante.

En Costa Rica, conocemos el caso similar de un dirigente de mediano fuste que labró su no muy exitosa carrera política, y se ganó un sugerente apodo, declarándose, en discursos sucesivos, nativo de varios cantones de la provincia de Alajuela. Por supuesto, con él se cumplió la tradición del apodo mutante cuando se supo que, en realidad, su nacimiento ocurrió en un cantón de la vecina provincia de Heredia.

(*)Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.