Por: Jaime Daremblum 9 septiembre, 2015

La guerra en Siria continúa sin respiro. Cada día aparecen toda suerte de instancias para poner fin al conflicto que ya lleva cuatro años y 300.000 muertos. A este recuento agreguemos que la población siria alcanza quizás veintitrés millones, con seis millones de desplazados y refugiados dentro y fuera del país, incluidos niños.

Números más o números menos, lo único cierto es el panorama desolador causado por la feroz guerra que hasta la fecha solo perfila más batallas y más muertos. Este trágico trasfondo desmiente la facilidad de plasmar un diseño pacífico a corto plazo.

Las perspectivas de paz son igualmente afectadas por el jugoso mercado de armas. A este festín nadie falta, ni vendedores ni compradores. Y esta danza macabra escala cada día gracias al influjo incesante de modernos arsenales de diversos orígenes a Siria. Para muestra un botón.

En meses recientes, el constante arribo de oficiales rusos a Siria alimentó la curiosidad de la prensa, la extranjera desde luego. Este preaviso fue acompañado por esfuerzos estadounidenses para descifrar el asunto. John Kerry, secretario de Estado, tuvo encuentros con su colega moscovita, Sergei Lavrov, en diferentes ciudades europeas y en Rusia. Entre tanto, Washington puso en alarma su aparato para establecer si había embarques rusos a Siria y en qué consistían. También los rusos ejercitaron su diligencia procurando averiguar qué y cuánto sabía su contraparte en Langley, Virginia.

Finalmente, la semana pasada, la prensa descorrió el cortinaje del misterio. Resulta que Rusia ya había despachado al puerto sirio de Tartus viviendas desarmadas para hospedar centenares de personal ruso. Asimismo, ya había arribado a ese destino una estación portátil de tráfico aéreo de la mano de ultramodernas aeronaves rusas. En todo caso, el programa era apoyar al régimen de Bashar al- Assad, y quizás al mandamás mismo, empezando con demoledores bombardeos en zonas críticas de combate.

El cuadro estratégico norteamericano se ha visto ahora entorpecido. Por ejemplo, Estados Unidos y sus aliados realizan frecuentes ataques aéreos contra el grupo architerrorista Estado Islámico (EI) desplegado en Siria. ¿Qué sucedería si eventuales ataques rusos irrumpen en el esquema estadounidense?

Ante preguntas en Moscú, el presidente Vladimir Putin afirmó que estos embarques a Siria respondían a contratos de muchos años atrás y que él apoyaría un programa diplomático que incluyera a Assad. Ante este monumental proyecto, ¿qué dirá Washington? Nos quedamos pendientes.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo. Es director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute y tiene un Ph.D. de Tufts University, Flectcher School. Fue embajador de Costa Rica en Washington y analista del Fondo Monetario Internacional.