Por: Jaime Daremblum 29 abril, 2015

El nombre del país evoca la era de Grecia como cuna de filósofos y literatos, génesis de la historia de una nación coronada como precursora de ideales, pero, últimamente también, de una praxis política que ha oscilado entre el parlamentarismo y la monarquía y las dictaduras que han cedido el paso a democracias insatisfechas.

Enredada y ayuna de logros reales, es decir, de los éxitos que ponen pan y vino en la mesa y euros en los bolsillos del consumidor, ha venido desenvolviéndose la Grecia de hoy, una democracia ahogada en deudas.

El recuento de los arreglos con las entidades multilaterales configura una danza macabra que produce una sed insaciable de millones y más millones en cada entrega con plazos y condiciones que pronto muchos olvidan.

Las renegociaciones, usualmente, absorben ciertas deudas y dejan un margencito para gastos. Este guion funcionó por varios años, en mucho, estimulado por el temor de que Grecia se escapara del euro.

El más reciente round electoral, en febrero, le dio el triunfo al partido Syriza, jefeado por el joven político Alexis Tsipras, ahora primer ministro, quien desplegó una campaña populista inédita en Grecia.

Escucharlo era acordarse de Chávez y Correa. Un verbo encendido que prometía acabar con las ataduras impuestas por las instituciones financieras. Porque si algo fastidia a los votantes, es decir, a los contribuyentes, es la rapsodia de restricciones que muerden duro los salarios y pensiones.

Con la irresponsabilidad que caracteriza a los populistas de allá y de nuestro vecindario, Tsipras pregonó intensamente su compromiso de repudiar los amarres presupuestarios impulsados por los ogros acreedores. Al día siguiente de los comicios, sin embargo, comenzó la tarea que se había autoimpuesto y que, de pronto, lucía muy complicada. Adiós a las promesas y, sin dilación, había que embrujar a los mandamases de la Unión Europea.

Mas, con solo visitar a Ángela Merkel, el primer ministro griego tomó plena conciencia de que era un hueso muy duro de roer. Su anfitriona, sin mucho trámite, se lo endosó a los funcionarios del ramo, cuyo rasgo común es su escaso sentido del humor.

Para continuar la fastidiosa tarea, el primer ministro comisionó a su nuevo timonel de Hacienda, Yanis Varoufakis. Su ingrata labor incluyó comunicarle al mundo que los fondos disponibles para su Gobierno eran muy, muy reducidos. Con suerte, tal vez alcanzarían hasta mayo.

Hoy ya asoman débiles signos de un nuevo arreglo. Ojalá se concrete para evitar un desenlace que a nadie le conviene.

*Jaime Daremblum es abogado y politólogo, director de Estudios Latinoamericanos del Hudson Institute en Washington, exembajador de Costa Rica en Washington y Ph.D. de Tufts University, Flectcher School.