Por: Jaime Daremblum 3 agosto, 2016

A propósito de los Juegos Olímpicos que tendrán lugar dentro de pocos días en Río, leí un iluminante análisis sobre las operaciones del Comité Olímpico Internacional (COI), cuyo plantel supremo radica en Suiza. Y conforme avanzaba en mi lectura, me sentí transportado a los tiempos recientes del escándalo del fútbol. Boato y lujos faraónicos para la cúpula, migajas para la masa proletaria de los deportistas. ¿ Remember FIFA?

Más me ha preocupado cuán poco aprende el mundo de esta clase de episodios, sobre todo de aquellos ocurridos recientemente en los que unos cuantos avivatos se embolsaron millones, y quienes atrajeron el cuantioso caudal de fondos, es decir, los jugadores, no recibieron adecuada compensación.

Para hacerse de una tajada más encumbrada, los atletas olímpicos necesitan conseguir avales directos de quienes proveen los bienes y servicios avalados (automóviles, joyería, fabulosas giras por parajes de fascinante belleza y tantos otros renglones suntuarios) amén de bancos y compañías financieras que prometen aumentar a corto plazo los cinquitos provenientes del trabajo deportivo.

Tomemos un par de ejemplos. Una estrella del patinaje relató que, para ejercitarse en torneos, debió pagar sus alimentos con food stamps y limosnas de familiares. Otra figura requirió ayuda de parientes y amigos para sobrevivir. Ganó destacadas preseas en recientes competencias, pero hoy le va mejor en la empresa privada.

Para redondear el tema, señalemos que, hasta la fecha, el ingreso anual del COI alcanza unos $1.400 millones. De ese monto, el COI paga a algunas celebridades hoteles de primera categoría y otros refinamientos, $900 diarios. Por otra parte, algunos empleados privilegiados reciben $200.000 anuales y otros de menor rango, $100.000. Los demás que vean qué hacen.

En cuanto a los atletas, dependiendo de su desempeño, pueden obtener un complemento que oscila entre $20.000 y $12.000 anuales. Para mejorar los ingresos de atletas se necesitan contribuciones adicionales de patrocinadores, amigos o parientes. Todos estos rubros, y otros más, no pueden ser extraídos de las ubres del COI ni su filial estadounidense.

En todo caso, hay revisiones en marcha y pronto quizás sabremos más de la leche que dan estas organizaciones.

Lo que sí es indudable es la capacidad del COI para generar ilusiones. La enseñanza es que cada quien requiere cargar sus deudas y obligaciones, para lo cual el nombre mágico de “olimpíadas” estaría llamado a aligerar el deber. Quizás así ocurra, pero las ilusiones no suelen reducir las deudas ni mucho menos los impuestos.