Por: Fernando Durán Ayanegui 20 julio, 2014

Estética. Observamos un video del partido entre las Selecciones de Holanda y Costa Rica de la Copa Mundial de Fútbol. Súbitamente, como colándole al arte un leve cambio de lenguaje, los movimientos de los atletas entran en “cámara lenta” y ante nuestros ojos se resuelve, casi sin que nos percatemos de ello, lo que por milenios fue un problema pictórico sin solución: cómo mostrar en una superficie los seres vivos en movimiento. Apreciamos, sin que la velocidad nos escamotee nada, todos los detalles del episodio: los músculos tensos, los gestos provocados por el esfuerzo, la precisión de la trayectoria que cada protagonista le imprime a su cuerpo, la imperturbable ruta del balón que se aproxima, todo lo cual genera un profundo dramatismo, quizás banal pero inescapable, porque lo estamos mirando. Luego, la cámara reduce su ámbito de visión, las figuras aumentan de tamaño y en escena quedan solo dos hombres, un delantero holandés y el portero costarricense. Van con rumbo de colisión. Lo que hasta ahora había mostrado cierta belleza dancística amenaza con convertirse en tragedia, pero en un lapso tan corto es imposible tener todo en cuenta: solo nos interesa que el puño de Navas golpee el balón e impida que la cabeza del delantero lo alcance. Suponemos que, ante la misma escena, todo holandés desea que ocurra lo contrario, pero eso es deportivamente leal.

Ética. Mas he aquí que nuestra atención es atraída no por una mano, sino por una zarpa, la del zafio europeo que, de manera evidentemente intencionada, busca el rostro de Navas como –así lo diría Borges– lo haría un cuchillero cobarde al lanzar un puñado de tierra pampera sobre los ojos de su contendiente. A eso no se le llama “juego limpio”. El árbitro se queda mudo del silbato; sus auxiliares, tiesos como astas de banderines, creen ser víctimas de un espejismo porque un crack europeo no hace esas suciedades, propias de centroamericanos, mexicanos y norteafricanos.

Justicia. Messi sube a recibir un Balón de Oro a todas luces inmerecido. El cinismo de la FIFA se manifiesta, por medio de su más alto jerarca: “Me sentí sorprendido...”. Y ¿quién no, si, en el partido entre Alemania y Argentina, Messi se movía en la cancha como un ratón perdido en medio de una estampida de búfalos? Los apologistas del jugador argentino explican que el aporte del “pibe” fue decisivo para que Argentina llegara adonde llegó. Entonces, nos preguntamos nosotros: ¿lo que le faltó a Navas fue un zarpazo teutón plantado en pleno rostro para que, de cara al Guante de Oro, le reconocieran lo vital que fue él para que Costa Rica llegara adonde llegó?

Etiquetado como: